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Juan Eladio Palmis.
Viernes, 5 de abril de 2019
JUAN ELADIO PALMIS

¿A quién coño votamos?

[Img #17567]El comentario callejero, el que más abunda entre las gentes (por lo menos entre las gentes con las que habla este siervo entre los siervos), es que tenemos que tomar la oración por pasiva y votar al menos malo del amplio abanico de maldad que tenemos por delante.

 

Y es triste; puede que hasta tristísimo, que en la democracia española: un país que esta hilvanado, cosido a largas puntadas de injusticia social territorial, superviviente a un régimen de venganza, de miedos, de fusilamientos colectivos, de criminales regodeos de fuerzas uniformadas, que ultrajaron y violentaron a nuestros mujeres; a nuestros madres, haciendo alarde de una brutalidad inculta y sádica de primera animalidad, a estas alturas de pura supervivencia tengamos que ver y escuchar lo que vemos en la triste relación políticos españoles-pueblo.

 

Tener que votarle al menos malo, es una clara involución, que es de esperar que más pronto que tarde, se acabe esta pesadilla de los partidos políticos, repetidores de lo mismo, que solo van al trinque individual económico descarado, en una fotocopia de movimiento como si en este país no hubiese otras cosas más importantes, que acompañar las estúpidas visitas políticas a lugares determinados, que arrojan un saldo acojonante de gasto para nada.

 

Lo que nos viene por delante son plenos municipales y legislativos aburridos; sentadas en sillones de nuestros más que bien pagados, con tiempo libre más que suficiente para la sisa, y los clásicos comentarios de lo bien que lo están haciendo ellos y lo mal que iba todo hasta que llegaron ellos, que nos exigen docilidad, obediencia y veneración, por las buenas o por la vía de la venganza a escondidas, o sabiéndolo todo el mundo.

 

En verdad se ponen los pelos de punta pensando en la imbecilidad política que se ha adueñado de este país, en el que el pueblo ve con buenos ojos, le da brillo y esplendor social, mandar a sus hijos a los colegios a que los violenten sexualmente, a que se contaminen de amianto, a que los adoctrinen fuera de toda ciencia de conocimiento y razón; y que se aplauda el robo, la sisa, y la falta de justicia.

 

Para nuestra desgracia tenemos o somos menos pueblo que en pleno siglo XVI, cuando después del fracaso de la llamada ¡manda cojones! Armada Invencible, como ninguna Corte española ha sido experta en azadas, picos o riegos de bancal a parada llena que genere recursos, los ocho millones de ducados, equivalente a unos tres mil millones de maravedíes; a su vez equivalente a los mismos millones de maravedíes que de euros, que dijeron las Cortes, corriendo el año de 1.588, que costaba la convidá del asunto religioso contra la Perfida Albión.

 

Pues bien, a pesar de que de cada diez religiosos (había muchos, pero menos que políticos actualmente) se contaba como un pechero a la otra de tributar, todo quisque, con excepción de la orden mendicante de los franciscanos, tuvieron hidalgos, títulos, nobles, pecheros y religiosos en la formula dicha, que apechugar con los tremendos costes, que sin dejar en el olvido la cantidad de vida humanas que nos costó el arreón religioso del intento religioso del imperio de la trinidad, tuvieron que pagar nuestros antepasados en seis cómodas anualidades, para que el amasijo corte-vaticano, siguiera durmiendo en sábanas de hilo de seda, y caparras en los jergones.

 

Aquella gente que con frecuencia escuchamos que no tenían la grandeza y solidez de pueblo que tenemos ahora, en primer lugar dijeron que los curas a pagar impuestos como ellos, y aunque hubo truco lo hicieron. Pero es más, dijeron, visto que el censo que se estaba intentando utilizar era el de Carlos Primero de 1.528, que se hiciera un censo nuevo, el que se llamó Censo o Libro de los Millones, en 1.591, que después nos ha servido y mucho a los que no nos hemos presentado a ninguna cátedra católica de historia, pero nos gusta saber de primera mano, no de blancas manos clericales, lo que le aconteció a nuestros antepasados, que, para empezar, tenía más cojones sociales que nosotros.

 

Salud y Felicidad.

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