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Elbia Alvarez.
Viernes, 5 de abril de 2019
Elbia Álvarez

Cuentos de primavera

[Img #17568]María levanta la cara para mirar, a través de la ventana, el paisaje que le sorprende hasta el asombro desde hace días. El campo verde, los almendros en flor, las jaras y las retamas estallando en blancos y amarillos y algunas amapolas ya abiertas que adornan la tierra de rojo. Perpleja de que la naturaleza se haya abierto con tanto atrevimiento sin haber caído una gota de agua desde hace dos meses. Su asombro la detiene por un tiempo que no se puede medir en un ensimismamiento que no comprende semejante milagro.

 

Y cuando comprende que no puede entenderlo vuelve con energía a su trabajo.

 

Es planchadora en un restaurante que, a pesar de la crisis –“a mí que no me digan que la crisis se ha terminado porque no es verdad”-, sigue siendo una casa de comidas de referencia en la zona. De lunes a jueves los menús llenan el comedor de trabajadores y los fines de semana de familias y amigos que quieren comer bien y no cocinar en casa. Los propietarios han bajado los precios. Ganan menos, pero siguen ganando, y la comida no ha bajado un ápice en calidad y sabor.

 

María plancha manteles y servilletas blancos. Este trabajo le da tranquilidad. No como antes que siempre estaba nerviosa por dar las clases mejor, escribir trabajos de investigación para obtener un prestigio necesario en la universidad y aguantar la mala educación de algunos alumnos, colegas y jefes. Un nerviosismo que la dejaba exhausta antes de empezar la jornada, después de tantos años.

 

Le gusta trabajar con las manos, no tener que ser responsable de nada y, sobre todo, vivir como nunca había vivido. Trabaja como autónoma, pero en la universidad tampoco había logrado ser funcionaria, a pesar de que lo había intentado durante años. Le renovaban el contrato anualmente. Siempre había pensado, en su trabajo anterior, que había tenido “muy mala suerte”. Hasta que un día al llegar a casa, ducharse y relajarse pensó con un vino en la mano: “¿Es mala suerte? ¿Por qué este victimismo? Sé que lo estoy haciendo bien, de hecho los alumnos me evalúan muy bien, pero realmente ¿es este mi sitio?”.

 

A partir de ahí su vida cambió completamente. Al replantearse cuál era su sitio. También se divorció. Su marido era funcionario y catedrático. Y tenía la enfermedad, muy extendida, de creerse en posesión de la verdad. “¡Pero cómo te vas a poner a planchar manteles! ¿Tú estás loca? ¡Yo no me casé con una sirvienta!”. Esta frase fue la puntilla. Afortunadamente vivían en una casa que ella había heredado de sus padres antes de casarse. Una casa de pueblo, no muy grande y acogedora. El marido había estado renegando de ella muchos años e insistiendo en que hicieran una primera planta y una buhardilla. “¡Págalo tú, miserable!”. Pero él padecía otra dolencia muy extendida también. Era un tacaño mezquino. De ese tipo de tacaños que no acepta la invitación a una caña de un amigo porque luego se ve obligado a invitar él. Se fue con el rabo entre las piernas.

 

Y ahora anda entre paños y manteles más feliz que nunca.

 

Carmelo está enseñando un piso a una pareja recién casada. Los jóvenes están en el periodo de ensoñación de lo que quieren que sea su vida futura. Suponen que todo va a salir bien, que van a ser felices y quieren la casa ideal para ellos y para el próximo hijo que ella está esperando. Y ¿por qué no? Si no comienzan así como van a poder continuar nada, iniciar ningún proyecto. En cada estancia que entran ella imagina qué muebles va a poner, qué cortinas, las plantas que adornarán los balcones. Un piso que será su refugio, su torre de marfil, el único lugar del mundo donde nadie les diga lo que pueden hacer y lo que no.

 

Carmelo sabe todo esto después de llevar varios años trabajando en la agencia inmobiliaria. Ha enseñado muchos pisos. En este caso sabe que la vivienda le va muy bien a los clientes y el presupuesto que tienen se puede terminar ajustando para las dos partes. Los padres de ella les ayudan a pagar la entrada y avalan una compra en la que el banco va a ganar mucho. Con la hipoteca el piso costará casi el doble de lo que pagarían si tuvieran el dinero en mano contante y sonante. Carmelo entiende todo esto y, como es arquitecto les explica algunas reformas fáciles y no caras de hacer que cambiaría completamente el aspecto del piso y sería mucho más confortable.

 

Sí. Carmelo es arquitecto. O lo fue. O lo es siempre. En los años de bonanza pudo poner hasta su propio estudio con dos o tres empleados. No era una empresa grande. Pero tenía prestigio y la libertad de elegir trabajos que le gustaban, en los que se involucraba doce horas al día. Una vez terminada la obra en curso los propietarios podían notar el cariño y la perfección con los que su vivienda se había hecho.

 

Carmelo había estudiado una carrera difícil, había hecho una empresa y se había ganado un nombre en el complicado mundo de la arquitectura. Había realizado sus sueños. –“Por qué te dicen por la mañana, por la tarde y por la noche que persigas tus sueños sin explicarte antes que para conseguirlos tienes hacer la travesía del desierto. Y, aún así, a veces no lo consigues. ¿Por qué nos engañan y lo que es peor, ¿por qué les creemos? ¡Qué mierda de vida!”-, pensaba a veces, al llegar agotado a su casa. Él lo había conseguido, había echado horas por las noches, los fines de semana. Se reía de eso de las 40 horas semanales de trabajo. Dibujando febrilmente, discutiendo con los albañiles, con los propietarios que querían cosas disparatadas. Uno de los mejores reflejos de una persona es la casa que tiene. De eso él lo sabía todo. Ahora estaba en su pequeño piso tomando una copa de vino con su mujer. Un matrimonio magnífico, en el que se respetaban, ayudaban y educaban a sus hijos con una voluntad humanista y con el concepto del esfuerzo como base central de esa formación. Ideas actualmente olvidadas. Bichos raros según algunos conocidos. Para Carmelo, haber encontrado a esa mujer que lo amaba incondicionalmente era como si le hubiera tocado la lotería.Pensó en la pareja que quería comprar el piso. Con gesto de preocupación. Cerca de la madre de ella. Para no desligarse de sus padres. La ayuda financiera había creado un conflicto entre los consuegros. Los padres de él también hubieran podido ayudarles, pero la exigencia de la nuera de vivir casi al lado de sus padres enfadó mucho al padre de él, que vivía en el otro lado de la ciudad. Así que se limitó a pagar la parte que le correspondía de la boda. Su hijo aceptaba todo lo que su mujer quería. “¡Calzonazos, eso es lo que es. Un calzonazos!”, comentó el padre a su mujer, que no decía nada. Su hijo deseaba que su mujer fuera feliz. Pero esa otra famosa frase, pensaba Carmelo –“si ella es feliz yo soy feliz”-, es falsa e impone el deseo de sólo uno de los cónyuges. “¿Realmente serían felices?”, le decía a su mujer mientras hablaban de cómo había sido la jornada. Ella le miró con complicidad. “No, no lo serán. Eso no es amar”. “Conozco algún caso en que ha funcionado…, pero creo que son muy excepcionales”, dijo Carmelo.

 

La crisis se había llevado todo eso. La empresa, los sueños plasmados en las casas que él hacía, la satisfacción por haberlo conseguido. Y, de repente, la durísima realidad de buscar un trabajo para mantener a sus dos hijos. Su esposa, que trabajaba con él, tuvo que buscar un empleo. Y lo encontró. Con un horario estricto. Aquí sí funcionaba lo de las 40 horas semanales, pero hubieran preferido lo de antes. Trabajar mucho más. En lo que les gustaba. Carmelo se encuentra en una situación en la que no sabe qué hacer. “¿En qué voy a trabajar yo?, no sé hacer otra cosa. Bueno, podría ser delineante, pero a la mitad los están echando de sus trabajos”. Los clientes fieles que habían tenido hasta la crisis habían quebrado o se habían escondido en el terror de aguantar a cualquier precio. Y algunos directores pasaron a hacer, además de su trabajo, el de secretaria, contable, limpiadora, recepcionista, un todo en uno, que se dice. Y habían transformado sus negocios en compañías de una sola persona.

 

Hasta que un día Carmelo recibió una llamada de una agencia de vender pisos. Les interesaba tener a un arquitecto de cierto prestigio como él y a cambio le darían un horario flexible. Sin necesidad de tener que estar en la oficina. Se quedó pasmado. Jamás había pensado que terminaría vendiendo pisos. Su interlocutor al otro lado de la línea se dio cuenta: “Piénselo durante unos días y volvemos a hablar”. Carmelo colgó el teléfono. Cuando su mujer llegó a casa y le vio dormido sobre el teclado del ordenador supo que algo no iba bien. Hablaron durante mucho tiempo. “Qué pierdes con intentarlo. Se te da muy bien el trato con la gente, no tienes un horario estricto, puedes estar en casa cuando quieras y hacer las gestiones desde aquí”. Carmelo permanecía callado, pensativo, triste. “Y, si no funciona, lo dejas y seguimos adelante”. La adaptación fue durísima. Carmelo no era una persona arrogante y ostentosa. Todo lo contrario. Pero nadie le había preparado para el fracaso, para bajar de un estatus social que, aunque él sabía que no significaba nada, otra cosa muy diferente era vivirlo.

 

Para empezar tuvo que comprarse dos trajes y dos corbatas. Lo que nunca había necesitado antes. Sólo este detalle fue especialmente penoso para él. El primer día que se puso el traje salió tímidamente de la habitación. Se sentía avergonzado. Su mujer, que estaba desayunando en la cocina, dejó el café que estaba tomando sobre la mesa y se acercó a él. “¡Qué guapo estás! No sé porqué no te has vestido así antes, mi caballero andante”. Quiso abrazarle pero él la rechazó. Se fue de casa dando un portazo.

 

Empezó poco a poco. Le gustaba hablar con la gente. Estaba ocupado. Logró varias ventas y traía el dinero necesario para que su familia viviera bien. Un par de años después hablaba con su mujer. “Visto desde la distancia no ha sido tan malo, ¿verdad? A mí me parecía imposible salir adelante, mantener esta casa… Me parecía imposible vivir…”. “Y tenemos nuestro hogar, nuestro refugio, en el que todo funciona bien”, comentó ella. Chocaron sus copas de vino, bebieron y se rieron a carcajadas. “Cualquier día de estos te sale un proyecto de los que a ti te gustan”. “¡Pero no dejaré de vender pisos!”, dijo Marcelo estallando en risa.

 

Diego está colgando los cuadros para la exposición que se inaugura en unos días. Sus cuadros.

 

Está jubilado, tiene la pensión más alta y dos pisos alquilados. Casi todo se le va en la pensión que le pasa a su mujer tras un matrimonio desgraciado y un divorcio que le liberó de las penas emocionales pero no de las económicas. Ingeniero informático brillante, había ocupado puestos altos en la administración del estado y había sido muy feliz con su trabajo. Ahora llegaba a fin de mes con dificultades. Una inquilina no le pagaba el alquiler, y la ex y sus hijos le sacaban lo legalmente establecido y mucho más. Tuvo que alquilarse un piso pequeño al que no se acostumbraba. Siempre había vivido en una casa. Se había jubilado a los 70 años -sus jefes no habían querido que se fuera antes-, y decidió dedicarse a la otra pasión de su vida. La pintura. No vendía ni medio cuadro pero eso a él no le importaba. Pintar y hacer exposiciones le daba la vida, como decía él.

 

La ex le había dado dos semanas para irse. El hijo mayor del primer matrimonio le ayudó en dos semanas a buscar un piso de alquiler -Diego quería que fuera cerca de los pequeños del segundo matrimonio para atenderles mejor-, y a hacer toda la mudanza.

 

Empezó a gestionar sus propias exposiciones. Por toda España, dos o tres en Latinoamérica y le salió una hasta en París. Trabajaba mucho y con una voluntad férrea que le había caracterizado toda su vida. Con 80 años, seguía igual de fuerte y activo. La adaptación en su caso también fue terrible. Nunca consideró su piso de alquiler como su hogar. Por la edad, estaba chapado a la antigua y pensaba que la casa es tu casa cuando es en propiedad. Vivir todo esto a la edad de Diego no era nada fácil. Empezar de cero en todo. En la vida, en el trabajo y en la querencia. El taller de pintura lo tenía montado en la cocina, que era la estancia más grande del piso. Y por el pasillo se podía pasar con dificultad cuando traía los cuadros de cada exposición. En este periodo, y por esas casualidades de la vida que no se pueden explicar pero que ahuyentan misteriosamente la pesadilla que se está viviendo, conoció a la que sería su compañera. Una mujer que tenía la misma pasión por el arte que él y las mismas afinidades. “Eres más buena que el pan”, le decía él, incrédulo a veces de que ella le siguiera amando. Con mucha frecuencia le decía “Gracias por existir”.

 

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