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Juan Eladio Palmis.
Martes, 16 de abril de 2019
JUAN ELADIO PALMIS

El lago de Cartagena

[Img #17617]Hubo un tiempo de indignidad que todo el esfuerzo personal de los navegantes españoles, incluso bautizando a la inmensa mar Pacífica como el Lago Español, la desidia clásica española de que todo lo que no lleve una denominación precedida del prefijo san, se puede cambiar tranquilamente por aquello que los sajones quieran.

 

La Plaza del Lago de Cartagena, un lugar que en su día no muy lejano fue uno de los mentideros más frecuentados de la villa y ciudad, trimilenaria y pico, de Cartagena, ahora, por largos meses y algunos años, se puede considerar como el gallardete a izar en todos los palos mayores de los muchos y variados partidos políticos que han “tocado pelo” de mando municipal, y, al mejor estilo cartagenero, echándole la culpa a Murcia y a los villanos murcianos, tienen la plaza hecha unos zorros; siguiendo con el habitual y acostumbrado destrozo hacia los edificios y las cosas laicas.

 

Para la sisa, para el arte sisero cartagenero, el iniciar una obra municipal y no terminarla y dejarla que se pudra por largos meses o años: que vaya de presupuesto en presupuesto, da mucho de sí; es como un condón protector que es muy difícil de verle el fin, si no hay un empeño, que nunca lo hay, en verlo y sacar la cuenta.

 

Una nave con materiales modernos que permita visualizar los restos arqueológicos. Algo que seguro que sería mejor que como está una plaza simbólica, céntrica de una Cartagena que parece estar gobernada a mala leche: a pura mala leche, no entra ni en los planes de los políticos cartageneros mientras quede una fachada de iglesia, una catedral por hacer, o cualquier tradición franquista impuesta, que quieran hacerla como vieja y de tiempo inmemorial.

 

La obra de la Plaza del Lago cartagenera está denunciando con toda claridad la realidad política de una ciudad que carece de ideología propia y se centra en un servilismo al que manda: al señorito. Y mientras le ha cepillado el caballo en la cuadra, se lo ha ensillado, ha vigilado con esmero que todos los correajes están en su tesura correspondiente, hasta habrá hablado mal con cualquier otro sirviente compañero suyo en las cuadras del señor señorito; pero cuando lo ve en lo alto del caballo, se le saltan las lágrimas de emoción y se siente orgulloso de ser lo que es y culpa de su sino al señorito.

 

Analizando las respuestas que da la gente cartagenera cuando uno expone que el dinero público solo debe de tener una utilidad pública; y las utilidades públicas a estas alturas del milenio en el que estamos viviendo todos conocemos las que son, se llega muy pronto a la conclusión de lo cómodo que puede resultar para muchos que, con el hecho de ensillarle el caballo al señorito, se vive más cómodo, que procurando la algarroba y la paja.

 

El resto de España, por fuera de la cortijá murciana, pese a la tremenda hipoteca de tantísimos años de franquismo, va nadando y progresando en todos los campos sociales del tiempo de vida que nos ha tocado vivir. En Cartagena, parte viva y activa de la cortijá murciana: plataforma territorial sumisa donde quien quiera puede montar una empresa contaminadora sin problema alguno; donde poco a poco no va a quedar ni paso público por las calles públicas porque los bares lo están copando todo, la frase hecha que ha triunfado y triunfa, es que Murcia y los malvados murcianos tienen la culpa de todo lo que pasa.

 

Pero el tener tantos temas tristes: de puñetera desidia para escribir sobre Cartagena. El hecho de que seamos el puerto-ciudad a la cola de todo el Mediterráneo desde Cádiz a Estambul y vuelta por el perímetro costero sur, sólo expresa la realidad local de que los que no llevan gafas adecuadas, no los ven ni lo quieren ver.

 

Ellos quieren sillón y dinero político, que hoy por hoy

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