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Elbia Alvarez.
Jueves, 25 de abril de 2019
Una exclusiva de elbia álvarez para vegamediapress

Aviso urgente para camioneros: La triste historia de Dimitri

[Img #17674]Dimitri es un ciudadano ejemplar. De nacionalidad rumana, desde hace varios años reside en España. Una persona más de ese enorme éxodo del pueblo rumano que busca trabajo, un salario más justo y una vida mejor. Paga sus impuestos, el alquiler de su casa y todos los gastos obligatorios y asociados a su existencia, que comparte con su novia. Es joven, tiene 25 años. Por su tía Aurora me entero de lo que le ha pasado en este último mes.

 

Trabaja en una empresa de transporte española y su jefe es español. Transporta mercancías a toda Europa. Miles de kilómetros. La última ruta salió mal. Dimitri llega a las cinco de la mañana a su trabajo. El jefe le da las últimas instrucciones, recalcando la hora a la que debe de llegar. Sale con el camión al norte de Francia. Sólo. Sin compañero que pueda sustituirle en la conducción cada cuatro horas. Lo establecido legalmente. Sale hacia el norte de Francia. Cada cuatro horas para. Se toma un café, va al servicio, estira las piernas. Como tiene que llegar a una hora determinada, porque si no se queda sin trabajo, continúa su viaje.

 

Se hace de noche. Para en un área de servicio inmensa, de ese tipo de áreas que no sabes si estás en un parking para naves espaciales de otro planeta y donde el día y la noche no existen. Hay aparcados una docena de camiones. Cena, duerme un poco en el camión. Se despierta, se lava los dientes, se toma otro café. Y continúa hacia su punto de destino. Pone la radio rumana que emite música popular de su país. El trabajo así se hace más leve. Recuerda el lugar donde nació. Recuerda a sus padres, que tras haber vivido en España un año se volvieron a la casa donde habían nacido porque extrañaban hasta la enfermedad sus orígenes, sus bosques, sus costumbres, su vida. El padre es un carpintero excepcional de los que aquí ya hace mucho tiempo que no existen, y la madre trabaja limpiando una escuela en Rumanía. Ella trabaja no porque lo necesiten económicamente, sino más bien por socializar y hablar con sus compañeras de trabajo. Los inviernos son largos y fríos, y necesita comunicarse con otras personas después de haber dedicado muchos años a la crianza de sus hijos y al arreglo y limpieza de su preciosa casa. Dimitri recuerda a su novia, también rumana, que vive con él y es psicóloga. Está contento de su vida en España.

 

En medio de la noche un control policial francés lo para. Le pide los papeles, la documentación del camión y le hacen bajar del vehículo. Le preguntan por qué conduce sólo. A lo que contesta que su jefe lo ha decidido así. Le recuerdan que sólo puede conducir cuatro horas seguidas. Dimitri lo sabe perfectamente pero no puede contestar. A continuación la policía mira por detrás el enorme camión. Hay un agujero en la lona. Los agentes la levantan y encuentran a dos migrantes acurrucados entre la mercancía tiritando de frío y de hambre. La desesperación absoluta, la carencia de comida, de refugio y de país, abre todas las puertas, rompe todas las lonas de todos los camiones y fractura los muros de hormigón. La policía detiene a los tres.

 

A Dimitri le confiscan todos los papeles, el móvil, las mudas para cambiarse y hasta el termo de café que le preparó su novia la madrugada anterior.

 

Le dejan hacer una llamada. Sólo una llamada. En su infinita inocencia llama a su jefe para decirle lo que ha pasado, que no podrá entregar la mercancía y que por favor… Ahí le cortan la llamada. Avisen a su familia para que no se preocupe, iba a decir.

 

Va a juicio y le condenan a una pena de 1 año y 3 meses por tráfico de personas, conducir sólo y más de cuatro horas seguidas. La pena se acortará a 6 meses si se porta bien en una especie de reformatorio, que no cárcel, donde le enseñarán el idioma y hará talleres donde aprenderá un oficio. No es una cárcel. Puede salir de su habitación, que comparte con otro camionero en parecidas circunstancias, ver la televisión, jugar al fútbol y comunicarse con otros “retenidos”. Una maravilla. El tráfico de personas en esas circunstancias no era delito hasta hace poco. En Francia. Pero ahora lo es. Conducir sólo y más de cuatro horas seguidas sí es un delito desde hace tiempo. En Francia, España y en muchos países del entorno europeo, que es la coletilla que usamos en nuestro país para presumir de que estamos a la altura de las expectativas europeas. Lo que no sé es si algunos países europeos están a nuestra altura. Dimitri pasa retenido la primera noche y el primer día sin comer. Sólo le dan agua. Luego ya come tres veces al día y tiene las comodidades básicas muy bien cubiertas.

 

A todo esto, la familia de Dimitri no sabe nada de él desde hace cuatro días. El jefe de la empresa no les ha llamado y la angustia va creciendo hasta el extremo de que la madre no puede dejar de llorar pensando que su hijo ha muerto y el padre se corta dos dedos con una sierra trabajando en un mueble que le han encargado. La novia llama a la empresa donde trabaja Dimitri y por fin alguien le explica lo que ha pasado. Y no la pueden ayudar. Aunque le dicen que el camión ya está de vuelta en España y aparcado en la empresa. Así que empieza a llamar una y otra vez al consulado rumano en Francia, al consulado español en Francia, donde le dicen que ellos no tienen capacidad para hacer nada porque no pueden interferir en las leyes francesas. De esto los españoles sabemos mucho porque no se puede hacer nada para extraditar al fugado Puigdemont, de paseo por Europa últimamente. Que a mí no me cabe en la cabeza que, perteneciendo a la Unión Europea, estas situaciones puedan darse. Leyes nacionales y leyes europeas en conflicto. La novia sigue haciendo llamadas. La policía francesa, tras algunas averiguaciones, le dice dónde está retenido.

 

Cuando la novia ha hablado con los dos consulados le han recomendado que acepte el juicio y la condena, porque si la familia pone un recurso el proceso se puede alargar años. Y así, si lo aceptan, en unos meses queda libre y todo arreglado. Las personas que quieren a Dimitri no tienen tiempo porque es el tiempo de sufrimiento permanente de Dimitri y de ellos. Ni dinero. Así que lo aceptan ¡Claro que lo aceptan!

 

Pero ahí queda su expediente. Y si le vuelve a ocurrir otra desgracia como esta ya tendrá un antecedente.

 

Hablo con Aurora, que se le saltan las lágrimas, despacio, respetando su llanto. Cuando se calma le comento este problema de su expediente y le sugiero que cuando su sobrino vuelva a España ponga una denuncia a su jefe. Mis amigos rumanos no se atreven en general a hacer este tipo de cosas. No sólo se sienten extranjeros sino que también creen que no tienen derecho a hacerlo. No saben las leyes de España –la verdad es que yo tampoco, excepto las que son de sentido común que, casi siempre, brillan por su ausencia-, están educados para callarse y huyen de cualquier lío con la ley. No sé si ellos lo saben pero se ajustan a la maldición española: “tengas juicios y los ganes”. Así que hablando con Aurora le insisto en que cuando vuelva su sobrino ponga la denuncia para que al menos, en su expediente rumano, español y europeo –a saber cuál corresponde-, conste en qué circunstancias fue detenido y que esa denuncia le sirva en el futuro como defensa de su buena fe y de su buen hacer. Dimitri no comprende nada. Y esa incomprensión es obsesiva. “¿Por qué me pasa a mí esto?”. La infamia del tratamiento que ha recibido, el sentimiento de confusión en el que sigue inmerso porque por mucho que busca una explicación racional de la situación en la que está no la encuentra –como nadie de su entorno y yo-, el terror de que alguien le pueda llamar delincuente o traficante de personas.

 

El tráfico de almas lo hacen los de siempre, ¡señores!, los de arriba, los que tienen tantos millones de euros que deciden lo que pasa y no pasa en el mundo. Y dado como está el panorama mundial y climático no se dan cuenta que van hasta contra ellos mismos, contra sus hijos, sus nietos. Pensé que eran más inteligentes.

 

La novia de Dimitri va a verlo. Viaja 1.500 kilómetros para visitarlo durante una hora. Y le lleva ropa limpia. Una vez al mes. Y él puede hacer una llamada telefónica, sólo una, cada veinte días.

 

Aurora me comenta que su sobrino ha decidido no conducir un camión en lo que le queda de vida. Pero vayan estas líneas de aviso para un gremio que me cae muy bien, que trabajan como bestias y tienen que aguantar a conductores idiotas un día sí y otro también.

 

Ahora los conductores además de ser camioneros tienen que ser policías. Vigilar que no se les meta ningún migrante a bordo. Y no aceptar las órdenes de jefes que son ladrones cuando les obligan a conducir solos y llegar a la hora que les imponen –aunque sea imposible-, con el riesgo de perder su trabajo si no lo hacen.

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