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Juan Sánchez.
Jueves, 9 de mayo de 2019
Juan Sánchez

Si nace un Gilipollo o Gilipolla más, nos Caemos [email protected] al Mar

[Img #17760]“Mi padre manda en mi madre, mi madre manda en mí, yo mando en mis hermanitos, y todos mandamos aquí”. Así decía mi abuela, en tiempos en que se podía decir lo anterior y muchas más cosas sin tener que medir milimétricamente la repercusión y trauma consecuencia de unas palabras sin intención oculta salvo el chascarrillo y la risa posterior. Hoy día sería: Mi padre -o madre- manda en mi madre -o padre-, mi madre -o padre- manda en mí, yo mando en mis [email protected], y [email protected] mandamos aquí”, porque mentar siquiera la posibilidad de que un varón mande sobre una hembra de esta especie de gilipollas con ínfulas de rey Mandingo/a, sería considerado poco menos que herejía, crimen contra la humanidad, asesinato en primer grado con premeditación, nocturnidad y ‘celosia’ y, por descontado, maltrato del género [email protected] y otros López, y amén Jesús.

 

En todo caso, y todos lo sabemos, y si alguien lo desconoce igual estas palabras le iluminan la sesera anieblada por tanto descontrol y modernidad que de tan moderna llevas unos calzoncillos de repuesto en la mariconera por si las moscas −perdón por lo de mariconera, que nadie se dé por aludido, aludida, que ya tiene uno reparo incluso de usar más de la mitad del diccionario de la RAE, no sea que te tachen de “algofobo” y te crucifiquen en la plaza mayor del pueblo al más puro estilo del auto de fe talibán-capullo-socio-populista que tan a la moda pasajera (todas lo son) se contonea por esos cerebros a medio cuajar en esta España de [email protected] con intención transparente de embarrar cuanto sea para trincar de la gran tajada presupuestaria− Además, todos sabemos que quién ha llevado y lleva los cojones de una casa es inevitablemente la madre del hatajo insolentes salvajes que le ha tocado en suertes lidiar, zapatilla en mano, incluido el maridito que va de duro pero agacha el lomo a la mínima insinuación de la otra parte contratante; lo normal, ¿estamos o no estamos en lo que tenemos que estar?… PUES NO!!

 

Ah, no, pijo, la zapatilla no, zapatilla caca nene o nena, que es un arma de destrucción familiar, perdón, perdón. Mejor una distendida sesión prosapio-legislativa de intermediación en positivo o el meloso condicionante consensuado por todas las partes imbricadas o plática de igual a igual, estilo psico-charla-pelo-pico-pata que tan buenos resultados viene dando entre las últimas generaciones de animalillos respondones, y cabroncetes de más, que se descojonan de lo tontos del ciruelo que pueden llegar a ser sus padres. −Y no me des un pescozón a tiempo que te denuncio en asuntos sociales, y me tienes que pagar una indemnización, más la paga mensual y hasta os echan de casa por padres maltratadores− Acojona, a que sí.  Pero no quiero hablar de esto, no señor, no.

 

Mejor hablamos de lo que nadie quiere hablar…

 

Quiero hablar, parafraseando al maestro Pérez-Reverte, del ingente y global número de gilipollas que plagan este país sin nombre reconocido. En el título, suyo, la explicación. Más servidor añadiría, viniendo pintiparado al introito, COBARDES!!. Le pega como anillo al dedo justo, pero incorrecto, que suele taponar ese agujero tan deseado y habitado por nuestros políticos cuando literalmente dedícanse a darnos por el mismo… “Nunca pienses que lo justo es lo correcto, porque si te meten un dedo en el culo queda justo… pero no es lo correcto” (Anónimo). “Gracias y desgracias del ojo del culo”… de un cobarde español, como todos. Oléee. Que de vivir en estos tiempos el insigne Quevedo habría ampliado el título de tal genialidad literaria, seguro.

 

Pero como no quiero hablar de eso, mejor hablamos de COBARDES. Todos, coño, todos somos unos mierdas de cobardes que vamos mandando, repretando, abusando de aquellos que tenemos por debajo y no tenemos los cojones imprescindibles para plantarle cara a los de arriba. Y cuando miento a los de arriba, todos sabemos a quienes estamos mentando. Porque al pequeño lo jode el mediano por orden del grande que a su vez es lacayo del más grande, del mismo modo que este último es esclavo del amo del cotarro: la pasta. Y el obrero se deja joder si rechistar por el pequeño o mediano empresario – y los sindicatos callados como putos mantenidos del sistema, que esa es otra y muuu gorda−, y este a su vez por el almacenista que le suministra el material, quien a su vez depende del fabricante que tiene los cojones pillados por el banco que le financia, entidad que depende de los intereses de las mafias políticas para aflojar un poco la soga al cuello de sus endeudados, y en fin, ni dios se levanta y da un puñetazo en la mesa o un patadón en los güevecicos inmediatamente superiores a ver de qué color son las tripas del explotador. Y aprieta, aprieta, hasta que explote la tormenta, aprieta, que ya relampaguea. Ya lo veis, casi todos, y todas,  mandamos y decidimos una mierda, por gilipollas!!.

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