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Rafael Simancas
Viernes, 7 de junio de 2019
Rafael Simancas

Gamberradas en el Congreso

[Img #17936]Durante la mañana siguiente a la jornada de constitución del Congreso de los Diputados, una ciudadana que visitaba sus instalaciones me abordó para reprochar las “gamberradas y macarradas” protagonizadas en aquella ocasión por los parlamentarios, según ella, ante la mirada de millones de españoles por televisión. 

 

En el diccionario de la Real Academia Española se define al gamberro como “autor de grosería e incivilidad”, y al macarra como “persona agresiva y achulada”. En consecuencia, y rememorando lo sucedido en la Carrera de San Jerónimo el día 21 de mayo, he de convenir para mi vergüenza que sí, que hubieron gamberradas y macarradas. 

 

El Congreso de los Diputados alberga la representación de la soberanía nacional y, por tanto, de la voluntad democrática de todos los españoles. En esta institución se depositan las mejores esperanzas de millones de hombres y mujeres para obtener respuestas a sus problemas y desafíos. El honor y la responsabilidad que asumimos quienes nos sentamos en esos escaños son, pues, inmensos.

 

Sin embargo, el pasado día 21, en aquella cámara solemne se dieron actos de grosería, de incivilidad, de agresividad y de chulería; en grado sumo, además. Y desde bien temprano. Porque apenas pasadas las siete de la mañana, los integrantes del partido de la extrema derecha, contra el sentido común, decidieron ocupar en el hemiciclo un espacio que no les correspondía. De nada sirvió que este modesto diputado les advirtiera amablemente del desatino y les invitara a rectificar. Me despacharon con cajas destempladas. Querían espectáculo y lo consiguieron. 

 

El comportamiento de los ultras respondió a las peores expectativas durante toda la jornada. Fieles a su credo antidemocrático, se dedicaron a golpear el mobiliario, vociferar y patalear ruidosamente para acallar las intervenciones que no les gustaban. Hurtando la palabra en la casa de la palabra. “Muera la inteligencia” es la frase que se atribuye a Millán-Astray, y parece que sus seguidores han entrado en nuestro Parlamento a empellones. 

 

El Reglamento del Congreso establece la lógica obligación de acatar la Constitución mediante acto de promesa o juramento. Parece razonable que aquellos que se disponen a asumir el poder legislativo, nada menos, comprometan el respeto a la norma que encabeza nuestro ordenamiento jurídico. Y que lo hagan con cierta sobriedad y solemnidad, añadiría yo. Por consiguiente, muchos diputados nos atuvimos a la expresión formal del “sí, prometo” o “sí, juro”. 

 

Sin embargo, otros representantes electos de la democracia española utilizaron este momento trascendente para lanzar soflamas de todo tipo. Algunos cayeron en la simple inoportunidad, puesto que no era aquel el momento para reclamar justicia social o atención para el terruño propio. Un diputado, incluso, añadió entre risas que acataba “por todo el planeta”. Tenemos cuatro años por delante sustanciar toda suerte de iniciativas parlamentarias con tan loables fines.

 

Otros diputados pecaron de redundancia, puesto que acatar la Constitución española “por España” no añade nada a la fórmula correcta del “sí, prometo”. ¿Consideran acaso que si no mencionan el “por España” alguien interpretará que acatan la Constitución española “por Alemania”, o “por Turquía”, o “por Azerbayán”?

 

Algunos diputados fueron más allá en su incongruencia y llegaron a acatar la Constitución “por la república”, lo cual es un oxímoron, o por la libertad de “presos y exiliados políticos”, lo cual es una falacia, porque en nuestra democracia no existen ni unos ni otros.

 

Desde las bancadas de la derecha, con más o menos aspavientos, se contestaban algunas de estas excentricidades con aparente indignación -Rivera habló de “vergüenza”-, pero la realidad que es que muchos de ellos las legitimaban con aderezos propios a la fórmula correcta. Los ultras acataron “por España”, como hemos dicho. Pero algunos diputados del PP lo hicieron por “el Rey” y el propio Rivera lo hizo “para defender la Constitución”, cuando ninguna de estas expresiones está prevista en el Reglamento del Congreso.

 

Procuré invitar a aquella ciudadana reprochadora para que se quedara con las buenas noticias de la jornada de constitución del Parlamento, que también las hubo. Se ha dado inicio a una nueva legislatura llamada a atender el bienestar de quienes nos eligieron con sus votos. Contamos, además, con el Parlamento con más proporción de mujeres de toda Europa.

 

Por otra parte, en las votaciones de aquel día se evidenció una clara mayoría de diputados con valores progresistas, que augura reformas importantes en el sentido de la justicia social. Y el Congreso eligió una Mesa destinada a facilitar la tarea reformista y no a obstaculizarla, como ocurrió en la legislatura recién culminada. 

 

Meritxell Batet, la nueva Presidenta del Congreso, ofreció un discurso de alcance, llamando al dialogo y al respeto mutuo. “Todos representamos al pueblo, pero ninguno representamos a todo el pueblo”, nos dijo. Antes había aclarado, para los mal informados y, especialmente, para los mal intencionados, que el Tribunal Constitucional falló hace tiempo dando por buenas las distintas fórmulas de acatamiento de la Carta Magna, por excéntricas que resultaran, siempre que el compromiso fuera claro e incondicionado. 

 

También el Presidente de la Mesa de Edad, el diputado socialista Agustín Zamarrón, con su aspecto valleinclanesco y su retórica barroca, hizo un trabajo impecable durante la elección de los integrantes del órgano de gobierno de la Cámara. 

 

A todos los que se sintieron defraudados o avergonzados aquel día, mi comprensión y mis disculpas. Ojalá no se repita. Pero…

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