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Jesús de Las Heras.
Domingo, 9 de junio de 2019
Jesús de las Heras

A propósito del 1 de octubre

[Img #17945]Existe un lenguaje culposo que manipula la opinión pública, y parece que a la gente le da igual. Consiste en hablar despectivamente de la derecha, y con admiración de la izquierda, cuando si ahondamos un poco en la historia de España (o sobre todo en la del mundo) y vemos que la izquierda nada le ha aportado a nuestro país, o a la humanidad, excepto sangre, sudor, lágrimas y sobre todo mucho dolor e injusticia. Pero como la izquierda siempre miente, da igual lo que digan los demás, porque cree que son tan embusteros como ella.

 

Podrán ustedes decir que exagero, pero a poca historia que sepan ustedes, habrán de acabar dándome la razón. Sobre todo porque muchos que se tienen por ser de izquierdas no lo son, porque no se han enterado todavía de qué es la izquierda. En teoría, la izquierda, dicen, es progreso. Y progreso es innovación. Se dejan en el tintero lo de que la única innovación decente es la que nos hace vivir mejor, aunque sea un poquito, y eso es progreso. Lo contrario es regreso. También se han creído el mantra de que la izquierda, y por eso el progreso, está en ser del PSOE o de PODEMOS, o algún otro partido, como el extinto PCE, aunque está oculto en Izquierda Unida o como se llame ahora. Pero son mantras sin ninguna justificación, y les diré a ustedes por qué:

 

El PSOE ya afirmó, por boca de su fundador, en los años 30 del siglo pasado, que recurrirían a la legalidad cuando conviniera a sus fines, y a la ilegalidad cuando no fuera así. Y que no descartaban el atentado personal. Eso se vio cuando, en 1933, las derechas de entonces (el partido se llamaba CEDA) ganaron las elecciones. Las izquierdas montaron la insurrección de Asturias al año siguiente, y si no lo hicieron en el resto de España fue porque la policía los pilló a tiempo. Mientras duró la insurrección, mataron a todos los sacerdotes y seminaristas que pillaron por el hecho de serlo, e incendiaron la catedral de Oviedo y la biblioteca de la universidad, con lo cual ya vemos el cariz de la democracia de aquella gente. La República, miren ustedes por dónde, le encargó al General Francisco Franco Bahamonde que sofocara la insurrección, cosa que consiguió en poco tiempo. Luego la progresista izquierda aquella del PSOE y del PCE promovió y consiguió que en 1935 hubiera nuevas elecciones, que ganó uniéndose ambos partidos en lo que llamaron el Frente Popular. Al frente de aquella formación estaba, entre otros, Indalecio Prieto, que afirmó en discurso público que había que ir a la confrontación armada para hacer desaparecer a la derecha. Y al año siguiente un grupo de generales decidieron poner un poco de orden en el país, pues las sacas y checas estaban funcionando a pleno rendimiento para imponer el orden dudosamente progresista de la izquierda, pero tendente a conseguir la hegemonía política y cultural en la calle. Franco se incorporaría al golpe bastante después de tomada la decisión, por lo que es mentira que fuese el golpista principal. Ese honor le cupo a un murciano, el General Migue Cabanellas, de Cartagena, que presidió aquella junta de generales, aunque en realidad el director de hecho fue el General Mola. Los progresistas de entonces no fueron lo bastante cuidadosos y perdieron la guerra por rencillas internas entre ellos, como nos ha contado George Orwell en su "Homenaje a Cataluña".

 

Terminó la guerra y del PSOE no se volvió a oír más, hasta que Felipe González y Alfonso Guerra se hicieron con el poder en Suresnes, Francia, poco antes de morirse el Dictador Francisco Franco. A la gente le da tiricia esta palabra, "dictador", porque quizá lo asocian a falta de libertad, a represión, y otras cosas igual de negativas. Pero en realidad un dictador no es necesariamente un tirano. La palabra viene de dictar, dictador es el que dicta leyes. El término viene del latín, pues los romanos en tiempos de crisis, como cuando Aníbal sitió Roma, le daban el poder ejecutivo a una persona que dictara las leyes necesarias para salvar a la patria del peligro inminente. Eso fue sin duda lo que sintió Franco que debería hacer cuando se vio con el poder absoluto al final de la guerra. Los partidos políticos habían conducido a aquel desastre por su sectarismo y arbitrariedad, y él por lógica los prohibió a todos, excepto al suyo, que en aquel momento era la Falange Española, fundada por José Antonio Primo de Rivera.

 

Durante cuarenta años nadie le disputó el poder, excepto el Partido Comunista de España, PCE, que periódicamente enviaba hombres armados desde Francia para hostigar al régimen, si bien siempre eran cazados por la Guardia Civil, porque no tenían ni una estrategia clara ni el apoyo de la población, que ya había tenido bastante con tres años de guerra y cinco de república sectaria de origen alegal, al margen de lo que los embusteros de ahora dicen sin ninguna base histórica. Pero hete aquí que hasta el propio PCE decidió dejar de enviar a sus hombres, dejando a muchos de ellos abandonados en España, sin planes de rescatarlos. Es que la ideología es así: se aprovecha de las personas, pero en el fondo no son más que peones prescindibles. El paraíso en la tierra se ve que es sólo para los de arriba...

 

Ahora parece que se ha producido un revuelo porque un auto del Tribunal Supremo ha dicho que Franco fue el Jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936. Se le ha llamado ignorante, desde la ignorancia del vulgo, habitualmente cultivada por los medios de desinformación que pagan ustedes con sus impuestos o el coste añadido de la publicidad a los productos que ustedes compran. Pero lo cierto es que el bando nacional nombró Jefe del Estado a Franco en Salamanca en aquella fecha, y luego, al término de la Guerra Civil, el Gobierno que se instauró reconoció ese nombramiento con efecto retroactivo. Por lo tanto la afirmación del Tribunal Supremo es acertada desde un punto de vista jurídico, que es su campo, no el del vulgo que de leyes nada sabe, y eso incluye a nuestra casta periodística, por lo que se ve. Se ha citado incluso a "aquella legalidad", pero en realidad era la única que había en España en aquella época. Manuel Azaña jamás se preocupó de todos los españoles, pues afirmaba que aunque la república era para todos, sólo los republicanos podían dirigirla. También dijo que todas las iglesias de España no valían lo que la vida de un solo republicano, con lo cual demostraba su propio sectarismo y que no era el Presidente de todos los españoles, sino sólo de los que pensaban como él.

 

Me refería al principio de este artículo al lenguaje culposo actual que desprecia a la derecha y premia a la izquierda en evidente aunque asumida manipulación maniquea. Veamos qué resulta de invertir eso: la izquierdona golpista siempre ha intentado matar los gestos progresistas de la derecha, cuyo objetivo siempre ha sido mejorar las condiciones de vida de España y de los españoles. Aznar cogió un país al borde de la bancarrota por las gracietas socialistas de Felipe González, y lo dejó con superávit, y si ganó las elecciones el entonces desconocido José Luis Rodríguez Zapatero, ello se debió a que las elecciones fueron sólo tres días después de unos horribles atentados a trenes cuya autoría todavía no se ha sabido cuál fue, pese a una sentencia que no aclara nada. Le echaron el muerto a un marroquí que pasaba por allí, pero por no saber, no se sabe ni siquiera qué clase de explosivo se utilizó. Pero parece que da igual. Fue una temeridad no haber pospuesto las elecciones unos meses, hasta que se aclarase algo. Pero los trenes fueron destruidos inmediatamente, antes de que la justicia tuviera tiempo de investigar. ¿A quién cabría enjuiciar por obstrucción a la justicia? Bueno, pues el Presidente Rodríguez Zapatero siguió con las gracietas de su socio de partido, González, pero corregidas y aumentadas: legalizó el matrimonio homosexual y lo presentó como un avance progresista extraordinario, cuando eso ya databa de hace siete mil años, en Sodoma y Gomorra, según la Biblia, y se inventó una Ley de Violencia de Género, que lleva el germen de la violencia en sí misma, por su propia injusticia y anticonstitucionalidad (lo cual hace a esa ley ilegal, dígase lo que se diga), y repartió innumerables subvenciones entre intelectuales afines, lo cual debería estar prohibido, si es que no lo está. Pero da igual: en este país parece que los políticos creen que tienen patente de corso para hacer lo que les da la gana. Aunque ahora parece que el ex presidente Zapatero está a punto de tener que ir ante el juez para dar cuenta de sus líos con los de la ETA, según el diario de uno de los etarras que negociaba con el gobierno en aquella época.

 

Cuando dejó el cargo Zapatero, después de dos mandatos, parece que el siguiente gobierno, el de Rajoy, tuvo que corregir el déficit que nos había dejado, en dinero y en desempleo, que llegó a los cinco millones de desempleados. También dejó una profunda división entre la gente, hablando de tumbas y cunetas, cuando ya se había dado una ley de amnistía y habíamos superado todo esto. Pero la izquierdona guerracivilista ansía ganar la guerra ochenta años después. Por eso el aspirante a Presidente este que tenemos ahora, el doctor Sánchez, ansía trasladar los restos mortales de Franco a un lugar más discreto. No sé cómo no se ha dado cuenta de que lo entierre donde lo entierre, va a ser lugar de peregrinación para todos los que odian a la izquierda, que cada vez son más, porque se van dando cuenta de que la izquierda siempre ha odiado a España, y jamás le ha hecho un homenaje, ni se lo va a hacer, porque en su inmensa ignorancia se cree que España es Franco, y no todos nosotros, incluyéndoles a ellos.

 

Por eso el mayor problema que hay ahora en España no es la casta política, sino la izquierda. Porque en un país hacen falta la izquierda y la derecha, y entre ambas tienen que complementarse. Hace falta quien defienda la igualdad, pero también la libertad. Si predomina la igualdad y no hay libertad, tendremos un estado como el soviético, en que el individuo es menos que un gusano, y la máxima importancia es la voluntad del líder, que como humano siempre es un dios incompetente y cruel (léase Stalin, pero sobre todo Lenin, de quien Hitler fue un pobre aprendiz); mientras que si predomina la libertad (la esencia de la derecha, aunque eso moleste a los autodenominados izquierdosos), nos podemos enfrentar a un capitalismo salvaje como vemos (por suerte de lejos) en algunos países, como Estados Unidos o Alemania. Aunque si no nos andamos con ojo, pronto (y gracias al globalismo) da igual lo que hagamos, porque nos vamos a ver inmersos en ello. Y todos seremos igualmente miserables para que los que tienen dinero vivan como dios.

 

Frente a todo eso, me temo que sigue habiendo sólo una solución, si bien todos tenemos que luchar por ella: exijamos cortes constituyentes. Una vez que las tengamos, hagamos un referéndum para ver si queremos república o monarquía (jamás se ha hecho, y así nos luce el pelo), y una vez que se decida, tendremos o una monarquía plenamente representativa del pueblo que nada deberá a Franco o a los partidos clandestinos del 78, o una república igualmente representativa de los ciudadanos, que no de los partidos. Entonces, y sólo entonces, podremos afirmar sin miedo a mentir que en España hay democracia.

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