Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Juan Rada.
Jueves, 11 de julio de 2019
iba a Bilbao en el camión de su padre

33 años de la desaparición del niño de Fuente Álamo, Juan Pedro, en Somosierra

[Img #18098]Un chaval de Los Canovas protagonizó una de las dos desapariciones más desconcertantes y de mayor extrañeza ocurrida en el viejo continente durante las últimas  décadas. Así lo considera la Oficina Europea de Policía (Europol). La otra es la del niño pintor de Málaga.

 

   Juan Pedro, de nueve años, se montó en el camión  de su padre, Andrés Martínez Navarro. El Volvo F-12 debía transportar 24.000 litros de ácido sulfúrico óleum, de 98 grados de pureza, con destino a una empresa petroquímica de Bilbao. Les acompañaba la madre, Carmen Gómez Legaz.

 

El matrimonio con el niño emprendió en Los Cánovas un viaje a ninguna parte. La muerte acechaba.

  

La primera vez que el chico salía de Fuente Álamo para un viaje tan largo. Era su santo, aquél 24 de junio de 1986. Y como premio a las buenas notas obtenidas iba a ver las embravecidas olas del Cantábrico y también pastar a las vacas en las verdes praderas norteñas, algo que le hacía mucha ilusión. Pero todo se quedaría en un sueño.

 

   Tras repostar en la Venta del Olivo prosiguieron viaje hasta el pueblo coquense de Las Pedroñeras, aparcando en el área de descanso. El personal de la gasolinera les observó, apenas pasada la medianoche, dando una cabezada. Al rato reemprendían camino por la nacional 301. Había poco tráfico en la N-IV y pronto alcanzó Madrid.

 

   El recorrido se desarrollaba con total normalidad. El mesón Aragón, conocido popularmente como El Maño, fue el último lugar donde vieron a los tres juntos mientras desayunaban. El camarero, Felipe Alhambra, que les atendió pudo observar cómo montaban en la cabina y reemprendía la marcha.   Empezaba el misterio.

 

El suceso fue noticia nacional, ocupando las portadas de diarios.

  

El resto de lo poco que se sabe son los datos recogidos en el tacógrafo. El vehículo llegó a realizar, subiendo el puerto, hasta doce paradas. Algunas de veinte segundos como máximo, lo que no servía para cubrir ninguna necesidad fisiológica y menos mecánica. Una vez alcanzada la cima se lanzó cuesta abajo a 140 kilómetros a la hora. Hasta que derrapó en una curva. La cabina hizo el compás con la carga y ocurrió lo inevitable.

 

   Ocurrió en el kilómetro 95 de la carretera de Madrid a Segovia. Provocó un gran caos circulatorio. Otro camión que venía en sentido contrario volcó, cientos de coches paralizados, una gran humareda al mezclase el ácido sulfúrico con la escarcha, etc.

 

   La Guardia Civil actuó con rapidez para evitar males mayores. La noticia del espectacular accidente se difundió en los informativos de TVE. El balance del accidente era el matrimonio muerto. Al poco se recibía una llamada en Prado del Rey informando de que en Murcia la madre de la difunta afirmaba que también viajaba su nieto. Los agentes de la Benemérita inspeccionaron de nuevo la cabina, pero del chico no había ni rastro.

 

EL ÁCIDO SULFÚRICO NO DISOLVIÓ NINGÚN CADÁVER

 

   Los bomberos abrieron con cortafríos la cabina. Aparte de los dos cadáveres, tan solo encontraron una goma de una zapatilla deportiva del niño. Inicialmente se pensó que podía haber quedado totalmente diluido por el compuesto químico. Cuando los técnicos examinaron el escenario del suceso, tras extraer los occisos del amasijo de hierros, desecharon tal teoría.

 

   En el supuesto de que la carlinga hubiera hecho el efecto de bañera y se hubiera descompuesto el cuerpo –se necesitan dos semanas para que se disuelva un trozo de carne–, los huesos, convertidos en fosfato, habrían permanecido flotando sobre la solución. Además hay elementos como dientes, botones y otros difíciles de disolver por completo  en ácido.

 

   Se emprendió de inmediato una exhaustiva e intensa búsqueda con ayuda de la Cruz Roja, Protección Civil  y el vecindario. Más de diez mil personas participaron en las labores de rastreo por toda la zona. Se inspeccionó la sierra en un radio de 30 kilómetros con helicópteros y perros adiestrados. Pero no se encontró ni una sola pista, marca o huella. El chaval parecía haberse esfumado.

 

   La familia de Juan Pedro inició una masiva campaña de búsqueda. Tras gastarse un par de millones de pesetas tuvieron que solicitar ayuda para proseguirla por toda la geografía nacional. Colocaron 85.000 carteles en calles y especialmente en fachadas de centros escolares, ayuntamientos, oficinas de correos, etc. Esperaban que la ciudadanía respondiera a tan angustiosa demanda de los familiares.  A la par recorrieron miles de kilómetros, atentos siempre a cualquier noticia o indicio; escudriñaron las cunetas, en ambos sentidos, desde el lugar del siniestro hasta Burgos

 

85.000 carteles, con el rostro de Juan Pedro, se distribuyeron por toda España.

  

Demasiadas han sido las llamadas desde entonces intentando facilitar datos sobre el paradero del niño. Aparentemente reales unas, fantasiosas otras… Era como si los ojos y el cabello de un intenso negro del chavea murciano aparecieran y desaparecieran por todo el mapa hispano. Incluso videntes y radioestesistas nacionales y extranjeros realizaron conjeturas, sin resultado alguno.

  

Hubo algún experto que se dirigió al semanario El Caso explicando que el cuerpo descompuesto del niño quedó sepultado bajo el amasijo de tierra provocado por el camión al volcar la cuba. Los perros no habrían detectado restos debido a la asfixiante contaminación del ambiente. Nos desplazamos hasta dicho lugar, en la linde de Madrid y Segovia, con una excavadora que, ante la presencia de la Guardia Civil, perforó el suelo en busca de algún resto orgánico. Pero, una vez más, nada de nada.

 

Trafico de HEROÍNA

  

Empezaron a barajarse toda clase de hipótesis en torno a tan desconcertante suceso. Con el paso del tiempo fue adquiriendo fuerza la de que había por medio alguna red de tráfico de drogas. Existían organizaciones criminales que utilizaban transportes de mercancías peligrosas para trasladar estupefacientes desde puntos del litoral mediterráneo, como Murcia, a otras zonas de la península.

 

   La familia intentó atajar el rumor: «Andrés no estaba implicado voluntariamente en dicho negocio».  Algunos apuntaban a que podía haber sido presionado y posteriormente retuvieran al niño para garantizarse que efectuara el delictivo traslado. Había adquirido un camión de segunda mano por cinco millones de pesetas, que pensaba pagar a plazos. Dos meses antes del accidente tuvo que efectuar una reparación en la caja de cambios y en los frenos por valor de 700.000 pesetas.

 

   Por ello existía la posibilidad de que personas conocedoras de la deuda aprovecharan para ofrecerle un porte de droga. Puede que, agobiado por tal situación, aceptara inicialmente o que, coaccionado de modo directo, accediera a ello. Y quizá, en alguna de las continuas paradas que efectuó durante el ascenso al puerto, forzado por el coche lanzadera que iba delante, le quitaron al niño en calidad de garantía hasta que entregara el alijo en su destino final.

Un año después del siniestro El Caso daba esta impactante noticia, tras el descubrimiento realizado por la Guardia Civil.

  

Bajando el puerto había un centro de la Guardia Civil, puede que el coche que llevaba al turismo apretara el acelerador y el padre, al ver perderse el vehículo en la lejanía, pisó de lleno el acelerador. Después se produjo el accidente y el chaval, merced a su forzosa retención, salvó de momento la vida, pero para quedar en manos de una peligrosa banda de narcotraficantes. Un incómodo testigo del que pudieron deshacerse violentamente.

 

   Tras el suceso el camión fue trasladado al municipio madrileño de Colmenar Viejo, donde se instruirían las diligencias. Un año después El Caso titulaba en su portada: «El niño de Somosierra, ¿en poder del narcotráfico? Se ha encontrado heroína en la cisterna del camión siniestrado».

 

   Informaba de que el hallazgo fue consecuencia de una diligencia ordenada por la nueva jueza de Colmenar Viejo, María Dolores Ruiz Ramos. Ordenó buscar en la cisterna del camión, que estaba desde el accidente en Cartagena sin que a nadie se le hubiera ocurrido examinarla a fondo.

 

   La Guardia Civil descubrió la droga oculta en un bulto, enrollado en una manta, todo ello envuelto en una lona blanca y finalmente protegido por un plástico gualdo. El alijo estaba depositado en uno de los tres  compartimentos, al final del depósito, cubierto de ácido sulfúrico por encima y por debajo.

 

   El propietario de la cuba, Antonio Medonio, se mostraba convencido de la inocencia del camionero. «Pudieron quitarle al crío con amenazas para obligarle a hacer algo que no quería. Quizá lo forzaron a transportar la carga secuestrando al niño hasta que la mercancía llegara a Bilbao». Aunque después añadía: «No creo que nadie esté trabajando en el tema ese por amor al arte, que mueve mucho dinero».

 

   La abuela materna del niño, María, recelaba al respecto: «Unos dicen una cosa, otros dicen otra… Yo qué sé si llevaría en el camión… No lo sé. Mi yerno, aunque le hubieran apuntado con una pistola, prefiere que lo maten antes que dejar al zagal».

 

   El portavoz de la familia, Juan García Legaz, era categórico en sus manifestaciones: «Cerca del lugar del siniestro había un control policial. Está claro que los traficantes de droga obligaron a parar el camión y cogieron al crío de rehén, forzando circunstancialmente al padre a efectuar el transporte de droga».

 

   Tenía claro lo que estaba pasando. «Una red delictiva muy importante, que había detrás de todo esto, nos estuvo acosando telefónicamente para que no prosiguiéramos con nuestras indagaciones. Sabían que mientras no soltaran a su presa no había testigo alguno que pudiera denunciarles. Solicitamos la intervención de nuestros teléfonos, que se localizara a los titulares de furgonetas similares a la que se detuvo junto al camión y un montón de pesquisas más… Ni resultado ni ayuda alguna».

 

   Y una queja permanente contra la Policía y la Guardia Civil. «No se investigó entonces debidamente. Fueron dos primeros años vitales con muy poca atención para ayudarnos en nuestras búsqueda».

 

   Por supuesto que, una regla de oro en estos casos, es que conforme transcurre el tiempo, menores son las posibilidades de resolverlo. Cada minuto que se pierde al inicio juega a la contra y puede convertirse en una eternidad.

 

   Con el paso del tiempo el portavoz de la familia ha ido rebajando la posible participación del difunto en un porte de estupefacientes. Hace unos días, en el programa La Mañana, de TVE, donde intervinimos en un reportaje con motivo del 33 aniversario, lo exculpaba de que llevara porte alguno de estupefacientes. Acusaba a los guardias civiles que inspeccionaron la cuba de que se equivocaron, de que después en el cuartel hicieron mal la prueba de la reactancia… En suma, ahora niega cualquier posibilidad de que hubiera droga en el vehículo.

 

   Una desaparición polémica porque nadie, en realidad, puede afirmar lo qué ocurrió. Y la única pregunta, la más importante: ¿Qué fue de Juan Pedro? Tal vez sólo los valles que rodean el puerto de Somosierra lo sepan, pero su silencio es imperturbable.

¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
VegaMediaPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2019 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress