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Juan Rada.
Miércoles, 24 de julio de 2019
un reportaje de Juan Rada

Piedad, la niña murciana que envenenó y mató a sus cuatro hermanos

[Img #18136]La capital murciana fue escenario de un misterioso envenenamiento en el seno de una humilde familia. Fallecieron los cuatro hijos menores, uno tras otro, por orden de edad, del menor al mayor. Ocurrió en 1965. Lógicamente cundió el miedo entre el vecindario, pensando que podía tratarse de una peligrosa  enfermedad contagiosa.

 

   En el bajo de un edificio del Carril de la Farola, en las viviendas benéficas del barrio del Carmen (Murcia), vivían los padres con los diez hijos. Andrés Martínez del Águila, albañil, trabajaba en la construcción. Le ayudaba el primogénito, José Antonio, de 16 años. El segundo de los vástagos, Manuel, de 14, estaba empleado como chapista.

 

   La tercera era Piedad, protagonista de tan trágica historia. Con 12 años se encargaba de cuidar a sus hermanos pequeños y realizaba las labores de la casa; además, en los ratos libres pulía piezas de motocicletas. Jesús, de 10, Cristina, de 8, y Manuela, de 6, también ayudaban lijando. Los más pequeños lógicamente no tenían ninguna ocupación. La madre, Antonia Pérez Díaz, embarazada de siete meses, se ocupaba de la cocina y hacía labores en la calle.

 

   Con anterioridad habían vivido hacinados en un poblado chabolista. Pasaban penurias económicas. Pero nadie sospechaba la tragedia que se iba a desatar en dicho hogar.

 

COMIENZA LA TRAGEDIA

 

   Un 4 de diciembre de 1965 fallecía la menor de la familia, Mari Carmen, de nueve meses de edad. Avisado el médico de cabecera, como se llamaba antes a los de la  Seguridad Social que acudían a los domicilios, se presentó en la casa y diagnosticó fallecimiento por meningitis. No era la primera muerte en la familia, dado que un lustro antes había expirado por la misma causa un bebé de dos meses.

 

   Cinco días después moría el segundo de los hermanos en orden ascendente, Mariano, de dos años. De nuevo, como causa del óbito, meningitis. Cuando cinco días más tarde falleció el siguiente, Fuensanta, de cuatro, surgió la sospecha. El doctor no firmó el acta de defunción. Acudió al juzgado y a la Jefatura de Sanidad para exponer lo que estaba ocurriendo.

 

   No parecían casuales tres muertes en tan corto espacio de tiempo Los vecinos se inquietaron. Pensaban que tal vez la familia hubiera contraído una enfermedad contagiosa o un extraño virus que saltara de hermano muerto a hermano vivo. Empezaron a evitarles. Corrió toda clase de rumores y las autoridades fueron alertadas. El diario La Verdad se hizo eco de los fallecimientos seguidos que se estaban produciendo en el seno de tan humilde hogar.

 

   La familia entera fue ingresada en el Hospital Provincial. Inicialmente se pensó en alguna extraña afección o una intolerancia alimenticia. Fueron sometidos a diversas pruebas. No se les encontró nada anómalo. Fueron dados de alta para que pasaran las Navidades en su hogar. Pero el día cuatro de enero moría el cuarto hermano, Andrés, de cinco años.

 

   Sospechosamente los cuatro fallecieron en menos de un mes. De siempre se habían caracterizado por estar rebosantes de salud. Pero empezaron a mostrar unas manchas rojas y después amoratadas, seguidas de fiebre, desvanecimientos y fuertes convulsiones. De ahí a la tumba.

 

   Las vísceras de Andrés y Fuensanta fueron enviadas a Madrid para su análisis en el Instituto Nacional de la Salud, donde no se detectó la presencia de ningún virus. Las remitieron después al Instituto de Toxicología. Posteriormente los cuerpos de los cuatro pequeños fueron exhumados en el cementerio Nuestro Padre Jesús de Espinardo.

 

ECHABA BOLAS DE VENENO A SUS HERMANOS

 

   Tras su examen en el Anatómico Forense el dictamen no dejaba lugar a dudas. Había huellas de DDT (dicloro difenil triclor) y de cianuro potásico. En la Universidad de Murcia sacrificaron 21 cobayas, sobre todo conejos de Indias, y algún perro, para determinar el poder mortífero de la mezcla. Se desconocía si las víctimas lo habían ingerido en algún alimento o les había sido suministrado ex profeso.

 

   El hecho se puso en conocimiento de la BIC (Brigada de Investigación Criminal). Los primeros sospechosos, lógicamente, los padres. Fue decretado su ingreso en prisión como posibles infanticidas. Debido al avanzado estado de gestación de Antonia, de 36 años, uno menos que su marido, quedó internada en la sala de maternidad del Hospital Provincial San Juan de Dios. Al esposo le hicieron una evaluación de su estado mental en el Centro Psiquiátrico de El Palmar.

 

   La trágica noticia saltó a toda España. El semanario El Caso vio un buen filón. Un tema que daba para ocupar muchas páginas en aquellos tiempos de censura. Sus enviados especiales hablaron con los hijos. La más pequeña de los que quedaban vivos, de seis años, miraba con curiosidad al reportero.

 

   –Por eso me tira fotos. Usted me retrata porque sabe que voy a ser la próxima en morir. ¡Claro! Como yo soy ahora la más pequeña, me toca morir la primera.

 

   –No, Manolita, tú no has de morir –le respondía el periodista conteniendo la emoción. Trataba de insuflarle ánimo.

 

   Su hermana Piedad, a su lado, se mostraba impasible. La Policía empezó a sospechar de ella, dado que era la encargada de cuidar a los pequeños. Les daba de comer cuando los padres estaban fuera.

 

   «Es impresionante su vibrante indiferencia –escribiría después el reportero–. Ha visto a sus hermanitos muertos. Ha presenciado el dolor cerca de ella y, sin embargo, ríe, salta sin aspavientos, sin fingir. Otros han llorado ya por los que sucumbieron. Y espanta ver como espera sin miedo a que lloren por ella».

 

   Un inspector decidió tenderle una trampa. La invitó a tomar algo en un bar. Empezó a jugar con ella. Aprovechó para simular que le iba a echar una bola de cloruro en el vaso de leche. La chica, primero riendo y luego enfadada, se lo impedía.

 

   –No hagas eso, que puedes hacer mucho daño a alguien.

 

   Ante la insistencia del investigador para que bebiera, se negó en redondo.

 

   –¿Hace daño? ¿Es como lo que le diste a tus hermanitos? –preguntó el funcionario.

 

   El rostro contraído de la pequeña hablaba por sí solo. El policía la miraba con gesto severo. Su sagacidad había dado resultado.

 

   –Fui yo quien mató a los cuatro. Los tres primeros por orden de mi madre.

 

   –¿Y el último?

 

   –Lo maté yo sola, por mi propio impulso.

 

   Fue explicando tranquilamente cómo preparaba el veneno con que se los quitó de en medio. Hacía unas bolas con las pastillas que utilizaba para limpiar metales, sobre todo para las piezas plateadas de las motos, y con matarratas. Después las echaba en los vasos de leche para que ingirieran la ponzoña. Cloro y cianuro que, incluso usados por separado, habrían provocado una muerte rápida de los niños. Por eso fallecieron en menos de media hora.

 

NO QUERÍA OBLIGACIONES EN EL HOGAR

 

   Los investigadores siguieron trabajando hasta demostrar que había actuado en todas las ocasiones de motu proprio. Agobiada por tener que preocuparse de sus hermanos, dado que era la mayor que permanecía en casa, cuando los padres y los hermanos machaban al trabajo, comenzó a envenenar a los pequeños porque eran los que más tiempo le ocupaban. Quería quitárselos de encima a todos para estar libre y así poder salir a jugar con sus amigas.

 

   Ingresada en un hospital psiquiátrico, dio hasta cinco versiones diferentes, a cual más contradictoria. Seguía acusando a su madre. Sus respuestas eran rápidas, tratando de aparentar que no había engaño en ellas.

 

   Los especialistas la consideraron una niña normal, pero que padecía una psicopatía. Totalmente responsable de sus actos. Actuaba con malicia premeditada. Lo que realmente extrañaba era que una persona tan joven y sin estudios básicos ni conocimientos al respecto fuera tan hábil para descubrir los efectos letales de productos de uso doméstico.

 

   Fue considerada autora única de las cuatro muertes. Al ser menor de edad, no podía dictarse auto de procesamiento, por lo que fue puesta bajo custodia del Tribunal Tutelar de Menores. Tras ello, ingresó en el convento de las Oblatas de la capital murciana, donde cuidaban a niñas descarriadas o en situación de riesgo.

 

   Pese al internamiento forzoso se mostraba dulce, alegre y con muchas ganas de disfrutar jugando. Le gustaba hacer calceta y estaba casi todo el día con un costurero en la mano. Su ilusión era irse a vivir con su tía Loli, que no tenía hijos.

 

   Se comentó que con el tiempo profesó los hábitos religiosos. Otras versiones dicen que a los años regresó a la calle y emprendió una nueva vida. Lo cierto es que nada volvió a saberse de la cuádruple fratricida. Se trató de ocultar su rastro.

 

UNA FAMILIA PRÓDIGA EN DESGRACIAS

 

   Lamentablemente el apellido de esta familia volvió pronto a las páginas de los periódicos, de nuevo a la sección de sucesos. Cuando el padre aún no se había repuesto del tremendo shock, la Guardia Civil de Albacete le avisó de que habían detenido a sus dos hijos mayores. Tan sólo habían transcurrido cuatro meses y medio de la última muerte cuando decidieron abandonar el hogar. Escucharon los cantos de sirena de unos supuestos empresarios que les ofrecían debutar como cantantes en la capital manchega para después emprender una gira por toda la geografía española.

 

   El mayor, José Antonio, que no vio cumplido su sueño de ser torero, decidió probar fortuna con su hermano como dúo de música ligera. Pero sus mentores se quedaron sin dinero, vendieron los relojes de los muchachos, les implicaron en el robo de una motocicleta… Una aventura juvenil que terminó mal.

 

   No era la última. A finales de 1978 quince reclusos escaparon de la prisión de Murcia tras excavar un túnel. El más conocido de ellos era el hermano mayor de Piedad, conocido como el Águila.  Tres meses antes había asesinado a un taxista tras robarle. Al poco fue apresado de nuevo en la vecina provincia de Alicante.

 

   Una familia cuyas desgracias empezaron con la malvada actuación de Piedad. A los padres les hicieron el vacío como si fueran culpables de la desgracia que les había caído encima. El marido tuvo que colocarse como basurero y, a causa de una enfermedad, quedó ciego. Una triste historia que todavía se recuerda en Murcia.

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