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Elbia Alvarez.
Domingo, 4 de agosto de 2019
Elbia Álvarez

Un adolescente destroza una tarde de verano

[Img #18162]El calor es tan abrumador que de camino a casa entro en una cafetería. Es un establecimiento agradable en el que impera un silencio excepcional, confortable. Pido un té con hielo en el mostrador y me siento en una mesa dispuesta a leer el periódico. En otra mesa una mujer anciana y otra joven toman un café. Un motorista con el casco apoyado en la silla de al lado lee una revista. Las otras mesas están vacías. En la barra dos mujeres sentadas en taburetes altos conversan. La camarera atiende a los clientes. A su ritmo. No apto para los que siempre tienen prisa.

 

El motorista paga dejando unas monedas en la mesa y se va. La camarera trae lo que he pedido. Como al caminar no hace ruido casi me asusto cuando pone el té y el vaso de hielo sobre la mesa, enfrascada como estoy en alguna noticia que me llama la atención. Todo se desarrolla a un ritmo natural, reconfortante.

 

Tras un rato en el que todos estamos a lo nuestro entra en el local un padre con su hijo adolescente. Se aproximan a la barra. El hombre pide algo a la camarera. El padre intenta hablar con su hijo, sin conseguirlo, ya que este está mirando el móvil y lleva los auriculares puestos. El padre se rinde a cualquier intento de hablar con él porque, aunque lleve los auriculares puestos, sabe que le oye. Espera en la barra hasta que la camarera trae lo que han pedido. El hombre abre la lata del refresco que va a tomar el hijo –siempre toma el mismo refresco parece ser-, y se lo da. El padre empieza a beber su cerveza sintiéndose satisfecho de poder saciar la sed que el calor radiante nos produce a todos.

 

El muchacho se bebe el refresco de un trago sin dejar de mirar el móvil. Después arruga la lata con la mano y la tira al suelo con fuerza.

 

El impacto de la lata con el suelo produce un estruendo que, en ese instante, la cafetería se detiene. Se congela –que ahora está muy de moda-. Menos la camarera, que está trayendo una bandeja de bollos de la cocina y pega un salto que se le cae la bandeja y todos los bollos recién horneados al suelo

 

Todos miramos al hijo. El muchacho, sabiéndo que es el centro de atención de los que allí estamos, se sienta en una silla de una mesa vacía con la cabeza baja, mirando el móvil, pero esta vez con un cierto malestar. No mira a nadie a los ojos.

 

Pasado este instante, el padre corre hacia la camarera para ayudarla a recoger el estropicio: “Deje, deje, Don Manuel, que está a punto de llegar el dueño y me va a echar la bronca del siglo”, “No se preocupe Anita –le dice Don Manuel-, si pasa eso yo hablaré con él. Nos conocemos de toda la vida”.

 

Poco a poco las mujeres reanudan su conversación, así como la anciana y su hija. El padre se agacha a recoger la lata que ha tirado su hijo y la pone sobre la barra. Le cuesta agacharse. Es alto y grande.

 

Todo vuelve a ser como antes.

 

¿Todo vuelve a ser como antes?

 

El hijo, con un auricular puesto en un oído, no pierde ripio de lo que su padre habla ahora con las mujeres sentadas en la barra.

 

La anciana y su hija se van tras haber pagado lo que han consumido. Dejan también las monedas en el mostrador ya que la camarera debe de estar dentro recuperándose del sofoco. Es una cafetería donde se conocen todos desde hace tiempo. Las dos mujeres recuperan el perrito que han dejado atado fuera y se alejan paseando.calle arriba.

 

El padre sale fuera a fumarse un cigarrillo. Quiere estar solo y en paz. Empieza a anochecer y un asomo de brisa parece que refresca el alma.

 

Pero el hijo le sigue y se queda a su lado, hablándole sin parar. Es la primera vez que lo hace desde que entrara en la cafetería y ahora no puede parar. El padre mira hacia el cielo, intentando ignorar sus palabras y su presencia. Da una calada profunda.

 

La cafetería ha recuperado su ritmo. El de Anita, la camarera.

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