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Josefina Hurtado.
Martes, 13 de agosto de 2019
El relato de la hija, Josefina Hurtado

En cuatro día morirás. El presunto crimen de un anciano en Murcia a manos de un sacerdote del Opus Dei

[Img #18213]Cuando inicié el camino de la búsqueda de pruebas para denunciar la muerte de mi padre llevaba aquellas señales y contraseñas que en su lenguaje de signos  continuamente él me enviaba. Vigilado como estaba por las que servían en su casa, madre e hija, miembro supernumeraria del Opus Dei la madre, me llamaba desde las cabinas de teléfono para que ellas no escuchasen lo que me contaba.

 

Varias palabras bastaban. ‘¿Comprendes?’ me decía siempre al finalizar la conversación. No quería asustarme. Pero el hecho de que sus directores y mi hermano, sacerdote numerario del Opus Dei le hubiesen prohibido hablar conmigo, le hacia sospechar que no había nada bueno detrás de todo aquello...


 

Si su hija que era algo suyo, si todo lo que pasase entre ella y él, entre el y ella eran cosa de ellos. ¿Por qué no le permitían que se relacionase con ella? ¿Qué es lo que temían?. Estaba con aquella gente de la que además le era imposible escapar. Ellos lo controlaban todo, estaban en todos sitios, no lo dejaban ni respirar. No podría escapar por más que quisiera. No te dejan en paz ni aunque estés enfermo, me decía en sus últimas conversaciones.

 

En sus dos últimas semanas de vida y como denuncié en la apelación al archivo  de la causa, le quitaron su teléfono móvil y todas las libretas donde estaba escrito mi nombre y mi número de teléfono. Así no podría acudir a mí, ni llamarme, ni pedirme ayuda.

 

Ya hacía dos meses del fallecimiento de mi padre y en aquella mañana calurosa, como lo son las del verano de Murcia me preparé para ir a la notaria. Aquella notaria que por muchos años antes había sido llevada por un miembro supernumerario del Opus Dei. Hacía poco que había levantado el vuelo y su lugar había sido ocupado por otro notario que había adquirido la plaza.

 

Llevaba conmigo toda la documentación para que me mostrasen los protocolos de los documentos firmados por mis padres. El código 282 del reglamento notarial español me daba ese derecho y así me lo admitió el nuevo notario. Éste sin ningún tipo de relación con el Opus Dei, me citó al día siguiente. Eran necesarios dos testigos, que además los tenía que poner él. Al siguiente día allí estábamos, el notario, los dos testigos, y yo.

 

Sacó todos los protocolos y uno a uno pude leerlos y ver las firmas de mis padres. Allí estaba el poder notarial que había esclavizado a mi padre desde el momento en el que falleció mi madre. También estaba uno de los testamentos, el penúltimo testamento que habían hecho los dos. Y es de estos testamentos de los que voy a hablar ahora.

 

En ellos se podía leer lo siguiente: De los tres hijos que éramos, a mi hermano menor y a mí nos habían dejado la legítima estricta y a mi hermano mayor, el sacerdote numerario del Opus Dei, lo habían declarado, heredero universal. De subsidiario o sustituyente, aparecía el Opus Dei’.

 

En los siguientes testamentos ya no aparecía la Obra de Dios, sino que lo hacia, la fundación EDYDE. Ya por lo visto habían aprendido que con las fundaciones  pagarían menos impuestos. Observé la firma de mi madre de aquel penúltimo testamento. Era una firma perfecta y clara. Con la misma escritura caligráfica con la que escribían las antiguas maestras de escuela estaba firmado aquel testamento. Firmaba como siempre lo hacia, con su nombre y primer apellido: Fuensanta Martínez.

 

Pensando, probablemente, que nadie los descubriría falsificaron la firma de mi madre sin tener en cuenta que por esas fechas ella ya estaba prácticamente ciega. Mi madre, con una degeneración macular asociada a la edad, hacia ya bastante tiempo que no podía leer y firmaba con un simple garabato.

 

‘Mire’, le dije al notario, mire la firma del carnet de identidad de mi madre. Estaba hecho por las mismas fechas que las del testamento. El notario cogió el carnet de identidad y comparó la firma con la del protocolo. ‘Pues si’, dijo él, ‘estas firmas no se parecen en nada’. Los dos testigos se miraron entre sí.

 

Cuando me iba, y ya despidiéndome en la puerta me dijo. ‘Por favor manténgame informado de cómo va todo. ¡El Opus Dei hace un proselitismo feroz!’. ‘Y ahora con los protocolos que usted tiene, pues muchísimo más’, pensé yo.

 

Hace apenas un año, volví a llamarlo. Solo había un empleado en la notaria que estaba terminando de recogerlo todo. El notario se había marchado de Murcia a un lugar más tranquilo, me dijo el asistente. La notaria la habían cerrado sin que la volviese a ocupar nadie.  os protocolos notariales habían pasado al colegio de notarios. En la querella presentada contra mi hermano (sacerdote numerario del Opus Dei) por la muerte de mi padre, también denuncié al notario por las falsificaciones.

 

A la jueza que me tomaba declaración le mostré el certificado de la Clínica oftalmológica de Barcelona, clínica que personalmente había buscado yo cuando todavía no me habían quitado de en medio. Allí mi madre fue tratada de su degeneración macular y fue en esa época en la que se firmó el testamento. La jueza comprobó que mi madre no podía haber firmado ni ese testamento ni ningún otro tipo de documento.

 

Al final, la denuncia al notario fue archivada porque por el tiempo en el que se realizó la falsificación, el delito ya había prescrito.

 

Después de ver aquellos testamentos falsificados salí a la calle, cabizbaja y pensativa recorrí las calles de Murcia, y entonces lo vi claro: Si uno de ellos hubiera muerto antes que el otro, el que hubiera quedado vivo se habría dado cuenta de que aquellos testamentos no los habían hecho ellos, ¿no?

 

Aquellos testamentos habían sido falsificados por el mismo tiempo en el que mi madre enfermó de cáncer de pulmón. Duró con el proceso tres años.  Nadie se enteró que lo tenia, incluidos ella y mi padre.

 

Tres años después de morir e investigando en su historial médico encontré que el tumor le había sido diagnosticado en estados muy iniciales casi tres años antes de que muriera. El diagnóstico se lo había hecho un especialista de pulmón. Fui entonces a visitarlo y me contó que después de diagnosticarla y antes de explicarle lo que tenía, dejó de ir a la consulta. Vino, cuando ya estaba en estado terminal y seis meses antes de morir, me dijo. Invadida por las metástasis la volvió a ver dos años y medio después cuando ya no tenía ni tratamiento, ni solución.

 

Preguntándole a mi padre por qué no habían vuelto con el especialista la primera vez que la vio, me dijo que una de las doctoras que le llevaba la revisión de un antiguo problema de sangre era la que se encargaba de llevar sus revisiones del pulmón. Esta doctora era otra miembro supernumeraria del Opus Dei.

 

Mi hermano, el sacerdote numerario del Opus Dei confesó después a alguien, que él era el único que sabia que su madre tenia cáncer. Y así fue como la dejaron morir asfixiándose por las calles y sin prestarle la más mínima atención. Murió un día en tan extrañas circunstancias como posteriormente lo haría mi padre.

 

Su muerte merece un capítulo especial.

 

Nunca le dije a mi padre nada de lo que había descubierto en las historias médicas de mi madre, nunca se lo dije porque habría muerto de dolor. Dos años después, harían lo mismo con el.

 

Quiero acabar este capítulo con una reflexión.

 

Yo siempre me había preguntado por qué el Opus Dei tenía tanto interés en controlar a jueces, fiscales, notarios, abogados, políticos, banqueros, etc., pero a médicos, no lo llegaba totalmente a comprender. Ahora ya lo entiendo, lo entiendo perfectamente.

 

A la doctora, miembro supernumeraria del Opus Dei, la denuncié también en la misma querella que denuncié la muerte de mi padre, en la misma que denuncié al notario del Opus Dei y a otros más.

 

La denuncia al notario se archivó por prescripción del delito, la de mi madre ni se tocó. ¡Un día, cualquier día, resucitará!

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