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José Luis Mazón.
Lunes, 2 de septiembre de 2019
La juez honrada y en falso acusada, se llamaba la señora Azuar

Del extraño cierre del "caso Desaladora" y de la condición y ejercicio de unos pícaros liantes

[Img #18292]En un lugar de Panocha, de cuyo nombre no quiero olvidarme, no ha mucho tiempo que había una cuadrilla de pícaros muy bien encumbrados que convinieron entre sí,  y en los mayores de los secretos, hacer tercerías de detracción de los fondos comunales que uno de ellos manejaba muy a su sabor,  para repartírselos entre ellos, a costa y espaldas de los lugareños, que verían sus tributos e impuestos subidos en alarmante suma para remendar el agujero causado.

 

Y todo esto se hizo posible, porque la mucha ocupación de los vasallos panochos en llenar las panzas y celebrar las fiestas, al cabo de las generaciones había reducido el entendimiento de los más al punto de que no eran capaces de discernir ni ejercer el más mínimo control sobre sus feudales,  haciendo estos cuanto les venía en gana. Estos lugareños eran tan manejables, tan mansos y dóciles,  que a esta nueva picaresca le pareció lo más fácil del mundo engañar a todos para enriquecerse. Y en verdad que hubiera venido como anillo al dedo que del himno de esta tierra se restara toda letra dejando por sustancia del mismo,  los balidos de un ganado de ovejas porque gracias a esta corderil sumisión fue posible el desaguisado.

 

Y sobre estos polvos vinieron los lodos, de modo que el señor principal del lugar, don Ramón,  convino con otro foráneo principal y potentado,  propietario de grandes haciendas, Don Florentino, poderoso caballero,  en repartirse, en detrimento del obnubilado  pueblo llano,  600 millones de ducados de los de vellón, que era una fortuna inmensa más grande que la traían los barcos del oro de Potosí,  capaz de sostener sin trabajar por miles de años a las familias de los beneficiarios.

 

Y para estos menesteres resultó que este adelantado del lugar tenía bajo su control a los más de los jueces o particularmente a sus jefes, puesto  que él mismo o sus facciosos ponían según voluntad.

 

Del abogado justiciero y de los jueces que torcieron la vara por arte de encantamiento de sabios malignos.

 

Todo esto que se cuenta,  empezó a ser investigado cuando un abogado perseguidor de los abusos, el caballero Diego de Ramón,  cursó denuncia ante el juez del lugar, que era mujer, por el robo malversador del que por todos supo, y el fiscal promotor de la legalidad hizo gesto desafiante al potentado poniendo una querella para que fuera perseguido el caso y devueltos los dineros malversados.

 

Abrieron inquisición de los hechos y llamaron en la causa como encartados por el momento solo  a los de abajo,  y también a los de en medio en la conjura malversadora de los dineros,  pero no a los principales señores y artífices máximos de todo que eran los don Ramón y don Florentino. A Don Ramón por ocupar honroso y no quedar sujeto a fuero del lugar se les esperaba y de Don Florentino aunque había tachas contra él para que ingresara en prisión no veían los fiscales fuerzas suficientes para moverle la silla al potentado.

 

Estos potentados buscaban sus apoyos en altos cargos para no ser sometidos a proceso y salir libre y sin costas.

 

Y estando haciendo diligencias la juez, mujer que se creía su papel,  cuando iban a llamar a los verdaderos autores de todo, entonces  vino un señor juez oidor de la audiencia provincial,  que había pasado un tiempo en la corte del reino sabiendo por ello de los enredos y tercerías que se hacen en los asuntos más cortesanos y,  poniendo este juez de audiencia las normas boca abajo de su natural posición, y  para que nadie las entendiera,  hizo lo preciso para que Don Ramón y Don Florentino no pecharan sus culpas contraídas,  ni respondieran ante fuero alguno. El juez audienciano vino a inventarse,  o se sacó de la manga,  contra todo precedente y razón,  que la juez tenía que haber puesto su auto de prolongación del caso dentro del plazo que iba a prorrogar, y prosperó su lectura al revés del canon legal, de modo que se produjo la milagrosa escapatoria de los dos prebostes que para vergüenza de toda la justicia quedaban exentos de ser sometidos a proceso, mostrando como habían sometido a la justicia a sus particulares intereses y burlando el bien común.

 

Sucedió en el caso,  y al mismo tiempo,  que otro juez director de esa audiencia,  que decía él desde siempre  defender al pueblo, y estar del lado de los humildes y contra los abusos de los poderosos,  al acudir a él los perjudicados del desvarío del juez del plazo pasado que no se había pasado, tuvo la oportunidad este juez jefe de audiencia de deshacer el tuerto malversador, si,  como se le pedía,  hubiera permitido que otros jueces distintos del que puso patas a arriba la ley,  revisaran el escándalo,  pero no se sabe que mosca la picó a este juez presidencial,  que todos creían bueno y sano,  o si es que le aturdieron el  entendimiento con hubo uso de malas artes de encantamiento de algún sabio encantador maligno, el caso es que vino a perder el norte, dejando incumplido su deber que permitía en buena lid corregir el tuerto de modo y manera haciendo lo blanco negro y declarando que  él no podía cambiar el tribunal que debía de revisar el cierre del caso para los potentados, cuando a la vista de cualquier que leyere con sosiego y razón la norma, era evidente que  sí que podía, pues sucedió el extraño hecho que apareció el otrora defensor de los débiles,  del lado de los enemigos del pueblo y la razón,  poniendo de este modo  fin y acabamiento a su  fama de protector del pueblo que cayó para los que supieron de este caso.

 

El enredo de los jefes jueces máximos

 

Y por encima de esto que se cuenta,  hubo otra tercería de más alto rango. Y es que el juez jefe de todos los jueces del lugar, que había sido puesto en el cargo por los mismos que iban a ser investigados o por su partido protector, no cejó de esforzarse en mirar cómo conseguir que los que le habían dado el cargo quedaran contentos saliendo ufanos y libres de todo cargo. Y en efecto con blandas y sutiles palabras envenenó a los que el mal ejecutaron, saliendo su maligno fin exitoso.

 

La juez honrada y en falso acusada, se llamaba la señora Azuar, el juez que había sido de la corte y que cortó el caso, el señor Del Olmo, el juez que decía ser defensor al pueblo, hasta que la prueba le hizo parecer lo contrario, el Sr. Larrosa, y el jefe judicial puesto por la facción que protege a los potentado libertados el señor Sr. Riquelme.

 

Barruntos hay de que la historia tiene nuevos y sabrosos detalles que no se dejarán de sorprender y que se contarán  a los lectores tan pronto como logremos las pruebas que se esperan. 

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