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Jesús de Las Heras.
Miércoles, 11 de septiembre de 2019
jesús de las heras

Lo malo es que se creen demócratas

[Img #18330]Pues sí, tenemos unos políticos que se creen depositarios de la democracia en exclusiva. Pobrecitos. No tienen ni puta idea (y que me perdonen esas señoras) de lo que es la democracia. No se sabe, ellos también lo ignoran, quién les dio semejante representación, y aún no han caído en la cuenta de que si alguien les dio el poder político, es el antiguo Dictador de España, don Francisco Franco Bahamonde. Porque él en su testamento político lo dejó todo «atado y bien atado». Sus hombres, cuando él ya no podía dar más de sí, se entrevistaron con los políticos de los partidos en la clandestinidad, los unos escondidos hasta en las sacristías de los «curas rojos», y los demás todavía estaban corriendo después de haber perdido la guerra civil cuando por fin los llamaron los políticos fachas, y entre todos ellos se apañaron el asunto, echando tierra sobre los cientos de miles de muertos que ahora dicen que reclaman justicia. Se repartieron el poder y el dinero una vez superado el miedo agudo que tenían a los comunistas, y estos a los franquistas. Echaron pelillos a la mar, y todos tan contentos, a vivir a costa del pueblo, que es lo que habían hecho los unos antes de la guerra, y los otros después de ella, si bien estos tuvieron el freno de una iglesia que les hablaba de la caridad cristiana, del amor al enemigo, y de que el perdón te engrandece y te acerca a Dios.


 

Pero han pasado cuarenta largos años. Exactamente 44 desde que el viejo dictador murió, y 41 desde que «disfrutamos» esta Constitución que se cumple cuando y en lo que a los partidos les sale de los cuernos, por no decir otra cosa. Porque, la verdad, a la democracia los políticos le ponen los cuernos todos los días. Nos tienen al pueblo drogado con que esto sí que es la democracia, y no lo que había en tiempos de Franco. Bueno, en tiempos de la República no es que hubiera mucha tampoco, no. Sobre todo para los que metían en las checas por llevar una estampita de la Virgen del Carmen en el bolso, o tener mil pesetas en el bolsillo. ¿Que dicen ustedes que eso es mentira? Bueno, vale, yo no estaba allí y ustedes tampoco. Pero que hubo un movimiento revolucionario tendente a imponer aquí lo que había en Rusia no lo puede negar ni el más paleto, sobre todo cuando se sabe, porque se han desclasificado secretos en Rusia (que no en España, me gustaría a mí saber por qué) que nos muestran la correspondencia entre las autoridades de la República Española y el Dictador Stalin (sí, dictador, pero de otro pedigrí disitinto del de Franco, o al menos así lo entienden los progres de hoy en día), y el recibo de las cuartas reservas de oro más importantes del mundo, las del Banco de España, más de medio millón de toneladas de oro en lingotes, que enviaron los ministros socialistas del PSOE de entonces en 1936 por si acaso Franco ganaba la guerra, que en realidad no se había declarado aún porque aquello todavía no era más que un golpe de estado. Aquel movimiento revolucionario no hacía prisioneros, y no entendía más ley ni justicia que la revolucionaria: o eras de los de ellos, o eras enemigo de ellos, y te pasaban por las armas. Léase el libro «Homenaje a Cataluña» de un compañero comunista del POUM que tuvo que salir por pies, atravesando los Pirineos sin pasaporte porque sus camaradas comunistas del PCE y socialistas del PSOE lo querían matar, no fuera a contar por ahí fuera lo que aquí pasaba. Sí, el camarada George Orwell se fue de la lengua, y se vengó con ese libro y con el más gráfico «Rebelión en la granja», en que personificó a los camaradas comunistas en el cerdo que se alzó con el poder cuando el hombre dimitió de su deber natural de dirigir la granja…


 

Ustedes dirán que qué tienen que ver las churras con las merinas. Bueno, pues aquella gente, llámense PSOEístas del 36 o Sanchistas de ahora, CEDAístas de entonces o CIUDADANOístas de ahora, querían y quieen lo mismo: el poder. Aquellos lo querían todo, y si no montaban el cirio (los rojos) o se iban corriendo a casa (los otros, excepto los falangistas, que esos sí daban leña, y por eso los odian hasta hoy en día, aunque estén muertos). La derecha, ahora como entonces, no lucha por sus derechos más que dentro de un orden. La izquierda lucha por sus derechos (reales o los que pretende imponer) por todos los medios. Por eso algunos de ellos dicen que los escraches son la expresión ciudadana y legítima del pueblo. Menos cuando se hacen contra ellos, claro. Pero por suerte aún nos queda un resquicio de respeto por la ley y el orden, herencia también del viejo dictador, que sin llegar a hacer campos de exterminio como su colegas rojos, Hitler, Lenin, Stalin y Breznev, supo mantener la calma y el orden con una de cal y otra de arena, aunque los jóvenes de ahora no lo sepan y se traguen toda la propaganda interesada de los medios progres de comunicación, que son casi todos. Pero eso se va perdiendo poco a poco. Y lo que nos puede salvar de esa dinámica es precisamente, pásmense ustedes, la democracia. Pero la de verdad.


 

Porque lo que tenemos ahora es una burla a la democracia. Ustedes se creen que democracia es ir a votar una vez cada cuatro años. Bueno, ahora oigo por la radio la queja de que en 4 años vamos a ir a votar 4 veces, y que eso es mucho gasto y tal y cual. Yo considero que el año que lleva el Señor Sánchez en el poder nos ha costado más dinero que las cuatro elecciones generales, pero eso es una opinión mía que no me apetece intentar demostrar. Es como saber que ahora es de día: lo creo y ya está, pero no me luce mucho intentar demostrarles a ustedes eso y ya vale. Pero ustedes no han elegido al señor don Pedro Sánchez. Ni tampoco eligieron en su día al señor Rajoy. Ni al señor Rodríguez Zapatero, ni al señor J. M. Aznar. Ni tampoco a don Felipe González, ni tampoco a don Adolfo Suárez. No, señor, no, usted no eligió a ninguno. Los eligieron las bases de sus respectivos partidos políticos en el mejor de los casos. Ellos eligen a su líder, sin preguntarle nada a usted, que a fuer de ser apolítico, que es lo que se lleva, o ateo en lo político, como un servidor, no militamos en ninguno de ellos. Entonces una vez que se organizan los partidos, sus líderes nombran un comité ejecutivo, y también elaboran unas listas de candidatos a las Cortes Generales entre los más afectos a la ideología del partido, o afectos al líder, que puede que sea lo mismo. Creo que si hay conflicto entre los dos criterios, gana el segundo, pero igual es una tontería que se me ha ocurrido. Lo digo por aquello de OTAN «de entrada no», y los contratos basura, que creó el primero de los gobiernos socialistas que hubo después de la muerte del Dictador, que se cargó la estabilidad en el empleo que este otorgaba a todo empleado con más de seis meses de antigüedad en su puesto. Pero bueno, no nos derivemos a otros temas.


 

Usted vota por una de las listas que presentan los diferentes partidos. Uste vota, sí, pero no elige a los que están en ella. Son listas cerradas, pero si fueran abiertas, o sea que pudiera usted votar a unos candidatos de cada lista sí y a otros no, como se hace (o hacía, hace tiempo que no voto y a lo mejor lo han cambiado) con las listas del Senado (que a efectos prácticos sirve para poco), también figurarían en ellas los que el líder de cada partido decida porque le sale de las narices, mientras que los demás le hacen la ola. No hay debate político, ni tormenta de ideas antes de las votaciones, los «listables» no dicen qué van a hacer cuando sean diputados, ni siquiera ante sus propios partisanos, porque la verdad es que todos cometen la ilegalidad de votar luego en el Congreso sólo lo que su líder les dice, en clara violación del artículo 67.2 de la Constitución Española («Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo»). Así que ¿para qué gastar esfuerzo o tiempo en mentir a los que saben que lo que van a decir los camaradas es mentira? Y los de la derecha hacen lo mismo.


 

Sabiendo todo esto, que no nos representan porque lo dice la ley (léase uno bien la Constitución Española, sobre todo el artículo 99, y también el 6, que habla de los partidos políticos) aunque lo digan y estén convencidos de ello (lo que a mí me convence de que los políticos no saben leer, o no leen, que es peor), y que no hay separación de poderes (de nuevo léase el 99, que ahí está muy bien explicado, y también el 122.3, que dice que a los miembros del Consejo General del Poder Judicial los eligen el Senado y el Congreso, o sea los diputados y senadores que han puesto en la lista de elegibles los líderes de los partidos, siendo el más votado de estos líderes el Presidente del Gobierno), podemos demostrar y demostramos que en España no hay democracia, que no la ha habido nunca, y que no la va a haber precisamente porque la gente se cree que este cachondeo que mantenemos con unos impuestos desorbitados es la democracia. Si ya la tenemos, ¿para qué vamos a molestarnos en traerla? Lo malo es que no la tenemos, aunque la mayoría de nuestros conciudadanos se crea que sí. Es como si Alí Babá nos quisiera convencer que sus cuarenta ladrones son buenas personas que no se apoderan más que lo que es de ellos por derecho.


 

Pero si usted ha seguido mi consejo y se ha leído la Constitución Española de 1978 (otro día veremos por qué no es ni Constitución ni Española, aunque sí es verdad que es la ley de mayor rango de que disponemos hoy en día, porque se aprobó en referéndum, aunque fuera tramposo), no puede dejar de reírse de la pavez del señor Alberto Ribera cuando se queja de que dos de los suyos se ha ido del partido, y uno de ellos «no ha devuelto» su escaño. Porque resulta que los escaños no son de los partidos, sino de la persona que jura el cargo. Ese es el desliz que cometieron los que perpetraron esta ley en los años setenta. Puede que por torpeza, o por malicia. Pero ahí está el truco: si el señor don Javier Nart se va del partido, cosa a la que tiene derecho, y no entrega el escaño al partido que abandona, porque es suyo y no del partido, no hace nada malo, ni ilegal, ni ilegítimo, ni siquiera poco ético. Yo le aplaudo, y ojalá todos los demás diputados abandonasen sus partidos políticos respetivos y se quedaran con el escaño. Porque los escaños no son de los partidos, sino de quienes juran el cargo. Y esos escaños no son para favorecer a los partidos, sino a los ciudadanos españoles, que es para quienes los diputados trabajan, no para los partidos políticos. Lo que les fastidia a los líderes políticos (o sea, a los partidos) es que los diputados no les obedezcan a ellos. Que trabajen para los españoles en lugar de para los partidos políticos, para sus ideologías o para sus líderes. O sea, les aterra que introduzcan la democracia en el Parlamento. Porque democracia es el gobierno del pueblo, no de los partidos. Que cuando entre en conflicto el interés del partido y el del pueblo, no les mola que no se vote a favor del primero. Por eso el señor Rivera no ha hablado hoy como un demócrata, sino como un oligarca. El que defiende el gobierno de unos pocos.


 

Yo animo a todos los diputados españoles, y también a los senadores, a que se salgan de sus partidos, o al menos que los desobedezcan. Y que cuando estos los quieran sancionar, que los denuncien ante la justicia ordinaria (recordemos que los partidos no están aforados) invocando el artículo 67.2 de la Constitución Española. Que desaparezcan los partidos antidemocráticos que estamos manteniendo con nuestros impuestos. Que propongan, voten, y consigan sacar adelante una ley para convocar Cortes Constituyentes, para que el pueblo pueda decir de una vez en este país qué régimen queremos. Si queremos democracia, república, o monarquía.


 

Pero es difícil si votamos a unos políticos que se creen que son demócratas. Que se creen que esto es democracia. Que se creen que son insistituibles. Que se creen que está bien que se hagan ricos a costa del pueblo. Que se creen que tiene derecho a estar aforados. Que nos toman el pelo, aunque sean tan tontos que no se den cuenta. Y lo que lo hace imposile es que el pueblo se crea lo que ellos le dicen.


 

Los auténticos tontos somos los que les votamos para que nos sigan sangrando.


 

Otro día hablaremos del gobierno.

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