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Juan Eladio Palmis.
Miércoles, 11 de septiembre de 2019
JUAN ELADIO PALMIS

Castigados sin postre

[Img #18332]Antes, cuando como ahora, comíamos los productos que le arrancábamos a la tierra; cuando llegaba el tiempo siempre alegre de la cosecha, en aquella España rural, agrícola y ganadera, el año que la cosecha era buena (las menos veces) el cura se encargaba de decir que había sido gracias a la virgen.

 

Cuando el año venía apretado y las cosechas eran malas (las más de las veces por agotamiento de las tierras)  la culpa era de las gentes del pueblo que todos eran unos pecadores fornicadores (único pecado que existía) a criterio del mismo cura, que nunca se creía que se quedaba fuera de juego y que en todo tenía una razón infalible.

 

Por fuera de la cosecha, toda España, menos los de la camisa azul con el yugo y las flechas, y los del bigotillo de carril de hormigas o de moscas muertas, absolutamente toda España, estábamos, gracias al franquismo, castigados sin postre. Pero, en el fondo no nos preocupaba el postre porque el problema donde estaba era en el primer y único plato de comida.

 

Todo esto que estoy refiriendo, desconocido para muchos de mis amables lectores, se dio, año tras año en una España que, por lo general siempre hemos gozado de la suerte de Clavijo, que cuando se estaba cayendo de espaldas una racha de viento lo puso boca abajo en su caída y se rompió su prenda más querida, el pijo.

 

Fijaros, amables lectores, que sin necesidad de recurrir a temas teocráticos, tenemos adelantos científicos suficientes para que todos los años, todos los días, recogiéramos cosechas excelentes y disfrutar de calidad de vida; pero, cuando no es Franco y su pertinaz sequía, viene el invento de la España de las autonomías, de la España europea; de la España de la democracia, y nos crecen todos los enanos y se nos llena el país de concejales, de asesores, de directores generales (aunque sean locales, o sean regionales, pero lo de general mola mucho) de ministros, y todo el largo etcétera de una jarca que nos está dejando sin postre, porque cuando no están en activo sisando, hay que seguir manteniéndolos en sus privilegiadas jubilaciones.

 

Cartagena, sin plan ninguno ni para el presente, y mucho menos para el futuro, está castigada sin postre, precisamente porque su gente, su población, no quiere engordar; y en vez de atender las soluciones sociales, las lógicas actuaciones que están ejercitando en otros países y poblaciones en referencia a las nuevas energías renovables, aquí, todo el esfuerzo se va para el jolgorio de las fiestas, del futbol, o de los palos secos, que es un postre que previamente hay que ganárselo con una vida gregaria de participación que en Cartagena brilla por su ausencia.

 

Insistiendo que otros países ya tendrían el Mar Menor Muerto lleno de molinos, flotantes o no, generadores de electricidad, lo que permitiría prácticamente regalar la energía doméstica y la industrial, es algo que seguro abría muchas más posibilidades al futuro de la ciudad que si las procesiones tuvieran cuarenta kilómetros, desfilaran veinte días por año, celebráramos doscientas batallas sangrientas, o el equipo jugara en primera división, porque todo eso son postres que en Cartagena los han pasado a ser el único plato ciudadano y, aunque no se aprecie todavía mucho por la calle, de puertas para adentro se va acentuando a niveles de que aquella España de las constantes malas cosechas por culpa del único pecado que existía para el clero franquista: la fornicación de los que no tenían otro entretenimiento ni más posible placer.

 

Escribir, a diferencia de lo dicho, creo, por Larra, no es dolor alguno hacerlo en Cartagena; pero si resulta más inútil que intentar ruborizar y hacerle comprender a los políticos que robar y malgastar el dinero público está feo.

 

Porque para qué pijo va a decir uno que es delito. Si en la cortijá murciana sólo es delito, como antes, el fornicar.

 

Salud y Felicidad.

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