[Img #18382]Lo bueno, seguramente lo único bueno, que tienen los dilatadísimos plazos fijados por la Constitución entre la terminación de un mandato y el inicio del siguiente es que permite al Gobierno en funciones hacer algunas cosas que de otro sería imposible hacer. ¿Cosas como cuáles? Cosas como exhumar a Franco del Valle delos Caídos, no cosas como los célebres viernes sociales, que tanto tienen de ventajismo institucional.

 

La sentencia unánime del Tribunal Supremo autoriza al Gobierno a trasladar al cementerio de El Pardo los restos de ‘Paca la culona’, que es como de vez en cuando le llamaba el vengativo Queipo de Llano: lo autoriza, pero no lo obliga, lo cual significa que si el 10-N saliera de las urnas una mayoría de derechas, Franco no se movería de la tumba de Estado donde él mismo decidió ser enterrado con unos honores que no merecía.

 

Ciertamente, las encuestas pronostican que las derechas no sumarán en ningún caso, pero también lo pronosticaban sobre las elecciones andaluzas de diciembre pasado. Por si acaso, pues, conviene aligerar trámites para arrancar cuanto antes el muerto al Estado y devolvérselo cumplidamente a su familia.

 

La derecha democrática española no quiere entender que sacar a Franco del Valle de los Caídos nos hace mejores como país, más allá del rédito electoral que de la operación pueda obtener el Gobierno del mismo Partido Socialista cuya pereza ideológica y pusilanimidad política le habían aconsejado durante demasiados años mirar hacia lado.

 

La catadura moral y política de Franco no era mejor que la de Hitler o Mussolini: lo único que le diferencia de ellos es la victoria. Solo la victoria: solo, que estos perdieron la carnicería que provocaron y aquel ganó la suya, aunque solo a Franco le fueran aplicables los célebres versos de Lucano según los cuales “la causa de los vencedores plugo a los dioses, pero la de los vencidos a Catón”. La devolución de Franco a la intimidad familiar es una victoria de Catón, mínima, postrera y melancólica, pero victoria al cabo.

 

Cuando muere un dictador se ensancha el mundo, escribió Umbral en los 70, cuando Umbral era todavía Umbral y el cadáver del dictador aún no se había enfriado del todo. Cuando un país le arranca los galones a un tirano –y qué mayor galón que el desorbitado mausoleo de Cuelgamuros– se activa una suerte de suma cero según la cual lo que pierde el tirano lo gana el país: lo que el primero pierde en honor es lo que el segundo gana en decencia.

 

De hecho, lo que mucho o poco pueda ganar el PSOE o puedan perder el PP y Ciudadanos es insignificante comparado con lo que gana España. Exhumar a Franco es una mera cuestión de patriotismo: de esa clase de patriotismo, claro está, que habría estremecido al gran Catón. ¡Saquen a Franco de ahí cuanto antes! ¡Sáquenlo, por Dios! (y por España).