En las últimas semanas estamos viviendo la encarnizada lucha
entre Madrid y Barcelona, entre el gobierno neoliberal y nacionalista de Artur
Mas y el gobierno neoliberal y nacionalista de Esperanza Aguirre, por
convertirse en la sede de Eurovegas. Desde esta humilde columna quiero pedirles
a ambos, y a todos esos otros gobiernos neoliberales y nacionalistas que abundan
en esta nuestra querida España, que no compitan, que si no es esta Eurovegas,
muy pronto podrán disfrutar de cualquier otro Euroloquesea en sus
territorios.
Porque Eurovegas, amigos lectores, no es más que la
avanzadilla del nuevo modelo capitalista que empezamos a imponer en el Sur de
Europa, y que no tiene más secreto que darle un par de vueltas de tuerca más al
ya vetusto sistema de explotación. La maravillosa crisis económica que les hemos
montado, nos está demostrando que ya no es necesario que llevemos los centros de
producción a lejanos países, con el consiguiente coste de transporte de
materias, y con las muchas incomodidades que supone tener que ir hasta allí de
vez en cuando para controlar que las cosas se hacen correctamente. A partir de
muy pronto, podremos hacer como nuestros bisabuelos y visitar nuestras
plantaciones de obreros a pocos kilómetros de nuestras maravillosas villas.
Y lo mejor de todo es que no va a ser necesario que se lo
impongamos por la fuerza, van a ser ustedes mismos los que van a luchar porque
sea en su pueblo, y no en el de al lado, donde decidamos instalarnos. Las
ventajas superan incluso lo soñado por nuestros antepasados. No pueden
imaginarse el placer que produce ver a algunos de sus representantes políticos,
esos a los que ustedes creen que eligen cada cuatro años, interpretando el papel
de la vendedora de ropa de “Pretty Woman”. Basta que el Sheldon de turno llegue
con una aparente cartera repleta de billetes y diga: “Voy a gastarme una
cantidad indecente de dinero y quiero que me haga la pelota”, para que
Esperanzas y Arturos se muerdan el labio inferior de emoción y comiencen a poner
sobre el mostrador terrenos y leyes a gusto del cliente.
Sheldon los mira con el desprecio del que se sabe superior, y
como todo hábil comprador repasa la oferta con cara de cierto desencanto. “No
sé, no sé, no me termina de gustar. ¿No tienen algo donde se pueda fumar?”. “Por
supuesto señor Adelson, no se preocupe, se corta de aquí un poco la ley y le
queda arregladito”. “Ya, pero veo que aquí dice algo sobre niños y juego que no
me conviene”. “¡Faltaría más señor Adelson!, si usted quiere niños, los niños
entrarán, ¿le gustan de algún tono de piel en particular?”. “¿Y que es esto que
dice en este párrafo sobre unos salarios mínimos y un no se qué de derecho a
vacaciones y baja?”. “Ni caso señor Adelson, ni caso, precisamente ahora nos
acaba de llegar del Congreso una Reforma Laboral que le viene como anillo al
dedo”.
Y una vez aceptada la oferta viene el regateo de todo experto
comprador. “Bueno, pero por todo lo que voy a gastarme, tendré algún descuento,
me regalarán algo, ¿no?” “Por supuesto, usted pida por esa boquita que nosotros
fuimos elegidos para darle todos los gustos”. “Pues no sé, se me había ocurrido
algo, pero no sé si será muy atrevido, espero que no se ofenda si se lo digo”.
“Pero ¿cómo voy a ofenderme Sheldon? si me permite que lo llame así, bien al
contrario, me halaga lo que me propone. ¿Quiere que lo hagamos aquí mismo o
prefiere que vayamos a un hotel?”. “¡Por Dios!, ¿por quién me ha tomado usted? A
lo que yo me refería es a que esto lo financien sus bancos intervenidos, es
decir, que lo paguen los propios trabajadores con sus impuestos. ¡Que yo soy un
hombre de negocios muy decente!”.