Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Juan Sánchez.
Miércoles, 12 de junio de 2013

Una cerilla, un céntimo (Primera parte)

[Img #5340]Vista desde la lejanía se asemeja demasiado a un hongo nuclear como para ser algo inocuo, salubre, indiferente con el entorno y con los seres humanos que lo habitan. El viento sopla mutante, caprichoso, y arrastra una viscosa niebla antinatural por las laderas que embocan la torre de Santa Elena, la Azohía, Cartagena, en la bahía de Mazarrón.

Desde Puerto de Mazarrón se divisa estupefactamente la voracidad de esa nube malsana que parece cubrir con las tinieblas de la cerrazón y la mezquindad todo cuanto va quedando bajo su manto. La fuente principal de dicha aberración se encuentra en una plantación agrícola aledaña al poblado de Isla Plana

 

Me pilla de paso, hacia allá encamino el ronroneo de mi motocicleta. De todas formas, no me queda opción alternativa hacia mi destino. Según me aproximo, aquel virulento y pegajoso nubarrón se cierne sobre todo como una pátina salida desde la boca misma del averno: pardusca, cuasi sulfurosa, pringosa se alza con la majestuosidad del mismísimo Belcebú sobre los cerros cercanos… Sobre la ruta que habrá de llevarme hasta mi destino, sobre una legión de atónitos ‘guiris’ que la condenan con acritud, no en vano están acampados a escasos doscientos metros de ella, pero, al mismo tiempo, asumen que estas cosas solo pasan en un país a medio civilizar. Nos queda tanto camino por andar en esa senda de la cultura y la convivencia civilizada. Nos queda tanta vida por entender y proteger. Tanta porquería política interesada por achicharrar en esa administración minusválida de entendederas, y de honestidad.

Enfilo la recta que principia el ascenso por las cuestas de ‘Cedacero’. Me cruzo con un diminuto pelotón de ciclistas que hablan entre ellos a propósito de la ignominiosa mega fumarola. -Ya verás, dicen uno, ya verás lo cara que la va a costar la cerilla (Una cerilla, un céntimo, según tasación personal al día de hoy) al que ha prendido fuego a esas matas. No tardará en llegar la patrulla del Seprona, o de la agencia de medio ambiente, y ya verás la risa que la va a dar con el pedazo de multa que le van a endiñar por listo. Cara le va a salir la tontería, concluye pedaleando, mientras se alejan estupefactos y enrabietados- Pero no es así. No habrá multa, ni siquiera una mínima regañina. Esa quema de residuos, matas secas de tomates y demás cosicas sin nombre, -y no quisiera pensar que también incluyen plásticos variados- no será sancionada por nadie. Ni denunciada, aunque tal barrabasada clame al cielo exigiendo un poco de cordura en la mente del responsable. No pasa nada de nada. Todo controlado. Todo autorizado. Todo muy legalizado. Según la consejería, y el consejero, responsable. Me dicen que es competencia del consejero de agricultura. Se obtienen los permisos que descartan algún riesgo de incendio del bajo monte aledaño, y adelante con el infierno y sus pestilentes vapores con toda la inmundicia que llevan embebidas, rebozadas, esas matas una vez desechadas: pesticidas, plaguicidas, herbicidas, fertilizantes antinaturales, abonos químicamente indescifrables, codicia por sacar el máximo rendimiento en el menor tiempo posible, y etc, etc, etc, incluyendo en el último etc, la nula empatía hacia el vecindario del ‘ideólogo’ de tal ‘bromita’. Y me pregunto si se habrá hecho algún estudio sobre dichos vertidos al aire que respiramos las personas, los animales, las plantas. Además de las consecuencias a medio y largo plazo de la acumulación de dichos residuos en el entorno natural. No sé, servidor desde su ignorancia no cree que esa porquería traiga nada bueno. Pero para resolver ese dilema están los responsables medioambientales, ¿verdad?, o ¿no están ni se les espera? En fin, doctores tiene la iglesia de la cienciología, creo.

[Img #5341]Paro justo delante de un balsón de riego de la misma explotación. La vista es demencial, no hay por donde coger tal disparate ‘legal’. Una espesa niebla de humo contaminado de nula vergüenza, se encarama ladera arriba hasta cegar completamente el puerto de montaña, impidiendo absolutamente la visión a los conductores. No se ve ni torta más allá de cincuenta metros dentro de aquella carretera de por si muy sinuosa y bastante jodidilla de acometer. Si le sumas la opaca visibilidad gracias al miserable que la contamina con el humo de su codicia, toma pan y moja un poco de mierda estratosférica e irás bien almorzado para el camino. No será necesaria una parada reponedora en la ‘venta del huevo’, ni de coña, ya llevas sustancia suficiente para pasar el día completo.

A la altura del mirador, donde suelo parar a contemplar y entender mis pensamientos, mi cabreo adquiere dimensión de grado ocho en la escala de Richter. ¡No se ve un pijo, ni ahumao ni químicamente impuro! Un coche que se cruza va sembrando palabros y sapos venenosos contra los responsables de esa ‘boria’ matutina. Y qué más dará. Y la pasta que se van a ahorrar en concepto de crematorio autorizado, ¿qué? ¿Es que eso no cuenta en el balance de miserias personales del amo-responsable de dicha explotación?. No me jodas. En fin, la ciudad portuaria me espera y hace un día radiante a pesar de tanto malnacido suelto… continuará…

¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
1 Comentario
Fecha: Jueves, 13 de junio de 2013 a las 18:59
Elsa Sanz Melia
Los que vivimos en La Azohia sufrimos de dos o tres dias todos los años la dichosa nube,se protesta, pero,la tenemos.

VegaMediaPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2019 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress