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Pedro Molina Moreno.
Sábado, 19 de octubre de 2013

La llamada de lo primario I

[Img #6024]Un regalo, una acción desembocada en otras muchas, un otro regalo de las manos de la mujer que amaba. Una noche en el hogar, en el que compartíamos vidas, me despertó del dulce sueño  tras llegar del tedioso trabajo de oficina. -Felicidades-, me dijo. Un regalo, el primero, una cena agasajándome de caricias, y una noche placentera en la que me dejé llevar por mis instintos más primarios. Nuestras relaciones venían de lo salvaje, de los instintos perdidos por la cultura occidental, nosotros los recuperamos para gozar de las mejores experiencias.

Una tarde lluviosa en nuestro apartamento el sonido del timbre nos levantó del Tedio televisivo de fin de semana. Ella abrió la puerta, un hombre y una mujer jóvenes fueron invitados a entrar en nuestra morada de la mano de mi dulce ángel. Mi rostro era ignorante de la visita. -¿Te gusta tu otro regalo?-, me dijo. Arqueé mi ceja izquierda..., pero no pregunté..., lo adivinaba.

-Cariño, ellos han venido invitados por mi para concederte tu otro regalo, y para darte a conocer lo que yo no puedo enseñarte-, me dijo con suaves palabras llenas de amor mientras yo descorchaba una botella de vino tinto. Asentí, hablé con ellos, reímos, mis nervios afloraban por mis poros al no saber como empezaría ni como acabaría la visita. Los invitados salieron del baño, la chica, alta, rubia con ojos claros de piel pálida vestía un vestido negro ajustado, botas de tacón de aguja, antifaz también negro. Me fijé en un cinturón que portaba a la cintura con un látigo de seis colas de cuero con nudos en las puntas y una fusta también de cuero. El chico vestía una túnica blanca de tejido suave, en las manos cargaba una cajita de madera. Se quedaron de pie frente a mi, apartaron la mesita de cristal; la cajita de madera quedó en el suelo apartada de nosotros.

-Desnúdate-, me ordenó la chica muy vehemente. Desnudo me hizo ponerme en posición canina con mi dorso a su merced con las manos apoyadas en el sofá y la cabeza hundida en el mismo. Me ordenaron callar, solo me permitirían gritos y jadeos. Ángela, mi compañera observaba sentada en una silla los primeros latigazos en mis nalgas, primero suaves, después ascendían en fuerza alternándolos con palmadas en las nalgas y la parte interior de los muslos. Grité, aullaba tan fuerte que tuvieron que amordazarme con una tira de cuero atada a una bola de metal que me llegaba hasta la garganta. El dolor, el feroz dolor lo odiaba, odiaba a Ángela por hacerme pasar por ese calvario..., pero en el fondo, mis deseos, mi instinto primario aceleró mi pulso para comenzar a disfrutar de la paliza, y seguía sintiendo dolor. 

-Ingrid, mira ahí abajo-..., está excitado-, dijo el chico ungiéndome el ano con algo viscoso y frío.

-Tiene un bonito dorso Charles..., quiero abrirlo y hacerlo gritar hasta sangrar-. Ingrid miró a Ángela pidiendo aprobación, tras el asentimiento silencioso y espeluznante para mí intenté hablar; ésta acción desembocó otra serie de golpes de fusta en mi maltrecho trasero..., y esta vez si sangré. Algo duro y frío noté en mi dorso, apretaba fuerte, las lágrimas descendían por mi rostro de barba de dos días y las súplicas silenciosas eran lo único que mi mente podía cavilar.

-Es muy estrecho Ingrid, lo vas a desgarrar-.

-Quiero desgarrarlo, este perro más vale que se relaje porque lo estoy destrozando-. Forzó hasta desgarrarme y hacerme sudar..., llorar, gritar... Me dejé caer en posición fetal en el sofá, malherido lamía mis heridas como un lobo. Tras lavarme en el baño...

En el saloncito de casa, Ángela me besaba y abrazaba diciéndome lo feliz que la hacía ver que una mujer sometía y poseía mi cuerpo a su antojo.

-A partir de hoy..., en este instante tu cuerpo no es tuyo, es mío y de Charles. Para llevar a cabo esto debes consentir, ¿consientes?-, preguntó la antes dulce Ingrid. Callé, no deseaba lo que me propuso, mi silencio agotó la paciencia de Ingrid. Una imprecación por su parte me hizo responder -si-. El amor por Ángela, el ardor de darle lo que perseguía me hicieron aceptar mi destino en manos de aquéllos jóvenes tan dulces a la vez tan feroces.

-Vendremos a visitarte a diario, aprenderás a obedecer por la buenas o a golpes-, dijo Charles mirándome fijamente. Ángela los despidió, se llevaron la cajita y se fueron tan pulcros y dulces como hacía dos horas antes. Ángela me besó, me hizo saber lo dichosa que se sentía al consentir tal proposición. Sentado en el sofá, arrodillada ante mí, ungió mi hombría con sus labios y lengua dándome el placer corporal que ellos me habían arrebatado. Era una posesión, un juguete sometido a las perversiones de aquéllos dos jóvenes encantadores, y a las de Ángela por supuesto. 

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