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Alexander Copperwhite .
Jueves, 24 de octubre de 2013

Veo

[Img #6072]El cielo se le antojaba lejano e inalcanzable. Los pájaros cantaban melodías desconocidas, aún por escribir, mientras posaban alegremente por los distintos rincones del firmamento. De vez en cuando, unas gotas de lluvia acariciaban su cara y le regalaban el tacto de las lágrimas que él no era capaz de crear. Solo, apartado del mundo a causa de un extraño juego del azar, observa cómo lo cotidiano fluye a través de su cuerpo, y que a pesar de sus intentos de retenerlo y disfrutarlo, cada recuerdo se le escapa como motas de polvo invisibles para el ojo desnudo.

El olor a humedad ha acentuado el asma escondido en sus pulmones, herencia por parte de madre y maldición según comentaba el resto de familiares y amigos. Etiquetado con el invisible cartel de “débil”, su vida nunca fue, ni será, un paseo por los verdes prados de la felicidad. Aunque ahora se siente aliviado por no tener que asomarse para contemplar la crudeza de lo habitual, lo insípido y lo rutinario de la vida.

Los períodos de mentiras, mascaradas sociales y sonrisas de goma, se habían terminado. Ahora sólo importaba lo que cabía entre la comisura de sus ojos. El único marco de un lienzo inaccesible y que puede que fuese el último que vería en su vida.

Se rascó la cabeza, se agachó y miró el suelo. Llenó su puño con barro negro, o eso le parecía, y resopló angustiado:

— ¿Dónde estoy?

— ¿Qué hago aquí?

— ¿Por qué siempre me tiene que pasar a mí?

La discusión estaba fuera de lugar. Nadie, excepto él, le iba a contestar. Nadie le miraría, ni le ayudaría. Nadie. Y de repente dejó de lamentarse porque comprendió que una vez más la soledad sería la compañera de su vida.

Miró hacia arriba y percibió cómo el agujero del pozo se estrechaba cada vez más, cómo si la inanimada construcción hubiera cobrado vida y al sentir a su presa rendida decidiera enterrarla en sus entrañas. El angosto boquete se alargaba y la luz se apagaba lentamente.

Probó el sabor de la tierra y le sabía a nubes de algodón, doblemente azucaradas y con extra de sabor. El cielo acarició las estrechas paredes e iluminó las grietas, descubrió la piedra y hasta reveló la existencia de plantas trepaderas que florecían de manera repentina. Blanco, rojo, lila y rosa. Ahora respiraba con tranquilidad y un calor aterciopelado le abrazó y le meció.

— Por fin estoy muerto —suspiró—.

Aquél pozo antiguo, perdido en medio de un campo lejano, había dejado de ser una trampa mortal para convertirse en un ventanal hacia un mundo más manso, más amable. La clase de mundo que muchos apenas conocen y que otros apenas aprecian. Aquél pozo antiguo, se transformó en el sueño perdido de un hombre desconocido, que al final pudo ver, saborear y conocer… su paraíso perdido.

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