Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Carlos Gargallo.
Sábado, 26 de octubre de 2013

El niño que callaba

El niño que callaba era una de tantas personas que, en aquella hora, dibujaban una fila perturbada con codazos desconfiados. Era pequeño de cuerpo, como un pececillo capaz de mimetizarse entre las manchas sucias de la pared en la que se apoyaba, cuando su cansancio era mayor del envoltorio que le albergaba.

Su color de piel lo hacía invisible. Lo sabía, al igual que conocía todas y cada una de las muecas que podría llegar a suscitar en cada faz que le negase ser visto.

Era más joven de lo que creían, incluso de lo que él se creía. Dejaba vagar su pasado infantil en la cicatriz interior, adulta, que construyera tras horas perfiladas entre su llegada al paraíso prometido de los mayores y la huida hasta la mentira que había descubierto.

También habían mentido sobre su edad, sobre su pasado, sobre su facilidad de subsistir debajo de los puentes de neones, encima de las desangeladas aceras jamás rectas, siempre curvas para la mayoría de los que engrosaban la hilera de desiguales puntadas que esperaban la apertura de la puerta del comedor social. Allí los puños eran mostrados con sonrisas salvajes, las civilizadas tornas de la amenaza rugiente de los animales involutivos con cráneos límbicos. Esos que tomaran posesión de los cuerpos de algunos ciudadanos con condiciones ideales para ello.

El niño se escondiera, recubriéndose en pequeñez eterna, porque tenía una gran ventaja. Ya venía del infierno. Conocía el color del diablo, sus jugarretas y su forma de aniquilar carnes tiernas. Que mejor ejemplo de infierno que la carencia de todo. Que la esperanza de nada.

El pequeño silencioso, con oscuros ojos se sentaba junto a la ventana. Buscaba un sol que perdiera.

Cada día caminaba hasta el comedor. Tenía su sitio apartado de los hombres y mujeres que despojaban flores del hule de las diferentes mesas. Las rasgaban con sus uñas sucias, mientras se lamentaban de sus vidas, de la falta de solidaridad ajena, de sus desgracias, de sus familias, de ellos mismos. De sus voces airadas a veces y otras llenas de vacíos silenciosos. De sus alientos desalentados y desdentados. Le sorprendía ver como, a pesar de todo, las flores resistían. Sospechaba que las pintaban de nuevo cada noche.

El calor amarillo que traspasaba el vidrio, le recordaba otro más cálido que perdiera aquel día, cuando su padre se empeñó en hablarle de viajar al paraíso que le prometiera ya a su hermano mayor.

Aquél que no llegó a conocer.

Lo que ocurrió después existía nebuloso en su mente, como un sueño de los infernales, despertar en sudor, sabiendo que a un grito su madre iría a refugiarlo en sus brazos, de bella estatua de azabache. Aguantaría el tiempo necesario para acunarlo y que su corazón volviese al paso tranquilo y calmado de las aguas otoñales.

Reverberaciones. Duermevela obligado. Sed. Hambre. Gemidos de hombres, de mujeres, de niños. De él, aunque apenas se oiga a sí mismo. Intenta abrir los párpados para enfocar la figura de su padre, doblado en una angulación extraña.

“Se ha quedado dormido” pensó mientras se mojaba los labios con saliva seca y una lengua arenosa. Padre se ha dormido, pero esta vez no emite el ruido que llenaba la choza, está en silencio. Todo está en silencio, menos el sonido del chapoteo de esta agua imbebible, que deja costras de sal en la piel, desecándola. Cuando llegaron a la costa, lo recogieron y se lo llevaron hombres extranjeros. Rasgos desconocidos, lenguajes desconocidos.

No había vuelto a verlo pese a llorar imparable por dentro. No se atrevió a gritar, ni con un sonido gutural simple. Cómo decir que tenía algo que ver con aquel negro delgado que abandonaba sus miembros laxos en brazos de aquellas personas.

“Quizás esté muerto, Padre, y me quieran enterrar con él.

Pero me hizo prometer ser hombre y cumpliré mi juramento…

Me tragaré las lágrimas de niño y escupiré mi rabia de hombre”

¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
VegaMediaPress • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2019 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress