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Pedro Molina.
Martes, 26 de noviembre de 2013

El país de las maravillas

Érase una vez un país maravilloso en un tiempo muy lejano donde los ciudadanos interaccionaban con sus dirigentes, una época ideal llevada a la realidad.

Los mandamases consultaban siempre a su pueblo cualquier cambio de leyes o cualquier gasto de las arcas reales.

Todo el mundo trabajaba en sus diferentes oficios, no había pobreza ni malas caras. Sonreían a todas horas, bromeaban. Las fuerzas de seguridad estaban para ayudar a la cuidadanía, no denunciaban ni detenían a nadie porque el civismo era una máxima del gobierno real. Hasta la familia más humilde de salario tenía como mínimo dos propiedades y holgura suficiente para saldar sus deudas sin sufrimiento económico. Los bancos no cobraban por tener el dinero de las gentes trabajadoras, se limitaban a servir y cobrar los recibos que emitían. Sin pobreza ni paro la felicidad era absoluta. Los impuestos eran equitativos a todas las rentas, el Rey así lo quiso en el ante proyecto de ley que todos los ciudadanos votaron. También mediante votación eligieron una sanidad solidaria para todos y una educación integral en la que todos los estudiantes aprobaban sus asignaturas. Desde un peón de la construcción hasta un ministro tenían estudios y lo más importante: todas las opiniones eran escuchadas y leídas en el consejo real.

Hasta las prácticas de las diferentes religiones eran libres, los ciudadanos practicaban y estudiaban las que deseaban sin ninguna obligación de renta ni práctica. La libertad reinaba en las gentes del país maravilloso.

La grandeza económica dio paso a la opulencia en menos de un lustro. Todos comenzaron a superar el nivel de vida individual teniendo demasiados bienes. El que tenía un vehículo compraba otro, y así en todas las familias, adquirían por capricho. La opulencia se caracterizó por los excesos de consumo y abstracción de la realidad, en parte el Rey y sus ministros incentivaban a las gentes al consumo, porque todo iba bien.

Así sucedió una década llena de lujos y excesos de todo tipo. Algunos expertos y sabios intentaron advertir al Rey de un futuro cercano en el que la pobreza y las deudas arruinarían al país maravilloso. El Rey y sus ministros encarcelaron a todos los sabios por traición al pensamiento “maravilloso”. La borrachera de tener, el único verbo al que veneraban los habitantes del país le dio la vuelta a la tortilla el verbo arruinar. Primero fueron los sabios los que avisaron que tanto exceso traería desgracias, segundo la caída de beneficios del principal banco del país, cuya consecuencia fue cortar de raíz los créditos alcanzando un nivel de morosidad nunca visto. Por primera vez los bienes de muchos ciudadanos fueron embargados por impagos, los que antes pagaban sin problemas ahora les costaba el hogar. Ante tales acontecimientos el Rey expresaba optimismo en discursos diciendo que solo era un bache pasajero, que no pasaba nada, y claro los ciudadanos lo creyeron porque nunca había mentido y siguieron en la línea del salvajismo opulente.

El Rey durante su trabajo de despacho pensaba en la dificultad comunicar la verdad a su pueblo, aquel que el había malcriado y mentido descaradamente y también la vergüenza reconocer su error, hacer creer a su pueblo en un Estado forjado en la mentira. Tampoco quiso renunciar a su nivel de vida excesivo ni a su sueldo mensual, así que decidió seguir adelante olvidando lo acontecido porque todo pasa pensaba. Pero, no contó con lo que pasaría a continuación.

La agricultura y la ganadería, los principales sustentos del país tocaron fondo por la especulación insensata de los intermediarios. Otros países les fueron quitando mercado porque eran más competitivos. Las empresas que mantenían la balanza equilibrada de estos sectores tuvieron que desequilibrarla despidiendo trabajadores y regalando los excedentes. La cadena se había roto, el Estado cada día recaudaba menos impuestos, las rentas cayeron en picado y muchos ciudadanos se vieron en la calle sin casa, sin coche y sin trabajo, sin hogar cantaba un sabio en su celda de la cárcel.

El Rey seguía empecinado en la positividad embustera, no tuvo más remedio que bombardear al pueblo con imágenes de negatividad para colgarse medallas una vez salieran del “bache”, si era verdugo, ¿por qué no salvador? Las deudas eran insostenibles, el gobierno empezó a pedir préstamos a otros países a un interés altísimo. En sólo dos años pasaron de la absoluta riqueza a las rentas más bajas registradas en la historia del país. Los parados yacían en las calles pidiendo limosna, algo único. Al cabo de cinco años con la mitad del pueblo sin oficio ni beneficio, el Rey no sabía que más hacer. No podían hacer frente al expolio internacional porque el país no pagaba los préstamos adquiridos porque no tenía suficiente liquidez, así que hipotecó el maravilloso país.

Los sabios que no fueron encarcelados comenzaron un llamamiento silencioso a los ciudadanos en reuniones nocturnas, los jóvenes se agolpaban frente a Palacio liberando tensiones a gritos contra el monarca y los ministros, la policía los echaba a patadas y eran arrestados. La situación llegó a ser crítica y los sabios en la sombra poco a poco fueron haciendo fuertes sus ideales y pensamiento, mientras el gobierno gastaba lo poco ganado y la gente moría de hambre.

En el primer congreso clandestino de sabios, en la penumbra nocturna decidieron enviar cartas secretas mediante palomas mensajeras a todos los cuidadanos haciendo un llamamiento de insumisión. A la fecha señalada ninguna persona debía estar en casa, todos tenían que estar en las calles sentados pacíficamente sin hacer gasto. Los comercios, las empresas que quedaban cerraron, los pocos trabajadores no trabajaron, hasta los pobres rehusaron a pedir para participar en la protesta pacífica. Y de esta manera un día al mes lo hicieron y la pérdida económica causó un gran agujero en las arcas reales. El efecto fue devastador arrestando a sabios y personas del pueblo llano, pero siguieron adelante pacíficamente. El Rey, pasado un año desde la primera sentada claudicó y recibió al congreso de sabios. Las peticiones de abdicación y la formación de un gobierno sabio fueron tomadas entre risas y socarronerías varias.

Al final de ese año los dirigentes se dieron cuenta de que el sistema gubernamental era perfecto porque el pueblo no pensaba y las minorías eran ninguneadas y aplastadas. Poco les importaba si el pueblo pasaba hambre, con llenar sus arcas con lo poco que facturaban les sobraba para cubrir sus excesos. Por primera vez la minoría del poder hizo caso omiso a la mayoría, el pueblo.

Los sabios no cejaron en su empeño, creían en su filosofía, en la sombra y la ilegalidad fueron formando a los jóvenes en el pensamiento abierto y noble, basado en la equidad de el respeto a los semejantes, la educación plena y la igualdad de oportunidades mediante el estudio.

Un de los sabios en el trascurso de un discurso dijo:

Ningún padre da a sus hijos lo que no puede ofrecerles. No actúa inconscientemente en su educación, los ama, los adora y desea lo mejor para ellos. No les da caprichos que no pueda pagar y mucho menos los convierte en personas acaparadoras de útiles inservibles. Ni tampoco les da la espalda cuando lo pasan mal por culpa de el mismo, ¿verdad Majestad?

La consecuencia de este discurso fue el arresto ejemplar del sabio ante todos los habitantes del país.

 

El modelo anterior fue perfecto hasta que la avaricia de los poderosos rompió los cimientos de una civilización feliz.

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 23 de enero de 2014 a las 10:57
Manuel Aviles
poco mas que lo de siempre..mi querida España esta España mia esta España nuestra.Como antes nos canto Cecilia...INDIGNACION !!!

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